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Opinión 
Edición: 2082 - Fecha: 27 de Dic, del 2011
De La Torre en Tiempo Argentino

"Ni los bancos pueden gobernar la economía, ni está imperar sobre la política" Publicado el 24 de Diciembre de 2011 en Tiempo Argentino  Por Joaquín De la Torre Intendente de San Miguel.

     En 1994, el por entonces secretario de la ONU, Boutros-Ghali, aseveró que la proyección económica estaba llevando a un mundo con “ricos cada vez más ricos y pobres cada vez más pobres”. Esta afirmación, en realidad, fue el reconocimiento de un proceso en el que se habían sumergido los países occidentales desde principios de la década de 1970 y que consistió en un desbocamiento cada vez mayor de las finanzas respecto de la “economía real”, y de la productividad respecto de la generación de puestos de trabajo.

    Es evidente que el predominio del mundo financiero fue la consecuencia de la ruptura de los EE UU con el Tratado de Bretton Woods mediante el cual, luego de la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, se había obligado a que los dólares circulantes respondieran a reservas reales en oro. En 1971, por consejo del prestigioso economista Milton Friedman, el presidente Nixon liberaría la capacidad de emisión monetaria de su país y, con ello, las limitaciones de las instituciones financieras. Ahora bien, el crecimiento de este sector sobre sí mismo determinó tanto una creciente autonomía como la concentración del capital en la parte más volátil del mercado.

    En lo que refiere a la productividad, en la misma década el mundo asistió a la inauguración de la economía post industrial. Los adelantos cada vez más radicales de la técnica y su aplicación al mundo de la producción de escala trajeron como consecuencia la posibilidad de remplazar cada vez en mayor medida el trabajo anteriormente realizado por el hombre. Este fenómeno significó la capacidad de producir más sin tener que generar empleo, es decir, un desequilibrio creciente entre los bienes ofrecidos y la capacidad de demandarlos. Es así que el crecimiento económico dejó de ser sinónimo de fortalecimiento del tejido social y que se reforzaron los problemas de la desocupación y la pobreza (con todos los males que traen aparejados) en un mundo cada vez más concentrado económicamente.

    Las profundas brechas generadas por un sistema económico librado a sus propias fuerzas nos llevan a preguntarnos, una vez más, si realmente conviene confiar en que el mercado va a aportar las soluciones a los problemas que, sin las regulaciones necesarias, él mismo genera. Desde el crack de 1929, la historia parece asegurar lo contrario: existen problemas estructurales que no pueden ser resueltos por ninguna “mano invisible” y que, por el contrario, exigen decisiones de naturaleza política.

    Si la tendencia del ciclo económico lleva a la concentración del capital en el sector financiero, y el mundo productivo, aun creciendo, no necesariamente genera trabajo, el gobierno es quien debe utilizar las herramientas propias de la política económica para conducir el proceso en orden al crecimiento proporcional de los distintos sectores y al fomento del crecimiento con inclusión. En este sentido, se debe evitar una tentación fundamental en la que parece haber caído nuevamente la Unión Europea: ella es la de abandonar problemas que, por su carácter general, deben ser resueltos desde la política, en manos de técnicos con una mirada sesgada hacia lo meramente económico. Sirvan como ejemplo las palabras del a la vez primer ministro y ministro de Economía de Italia, Mario Monti, luego de haber formado un Gabinete compuesto por una mayoría de tecnócratas a la que se agrega la presencia de un banquero: “He llegado a la conclusión de que la ausencia de líderes políticos en el gobierno hará más fácil la vida para el Ejecutivo, al eliminar motivos de vergüenza.”
Repetidas veces ha padecido nuestra patria el abandono de las funciones de gobierno en manos de técnicos, bajo la suposición de mayor capacidad y, por qué no, de mayor honestidad. Tales suposiciones se han dado de bruces con la realidad de ministros que representaban intereses directamente contrarios al bien común y que, no pocas veces, funcionaron como jugadores foráneos del destino nacional. Ni los bancos pueden gobernar a la economía, ni esta puede imperar sobre la política. Y ello por una cuestión fundamental: la economía se encuentra al servicio del hombre, no el hombre al servicio de la economía.

    Por otro lado, a la luz de los acontecimientos actuales, urge aprender ciertas lecciones. Mucho tiene que ver con la crisis económica que está viviendo Europa, y que probablemente también arrastre a los EE UU, el hecho de que Alemania y Francia hayan forzado a países con estructuras económicas absolutamente diversas a aceptar el corset de una moneda única, controlada desde una institución supranacional. En este sentido, vale tener en cuenta las palabras de Ralf Dahrendorf, quien en el año 2009 aseguraba que “(…) la crisis afecta a todos, es decir, es mundial, pero tiene respuestas nacionales, y esas respuestas contienen un nacionalismo económico”, y también vale celebrar que nuestros gobernantes, en tiempos en que se discutía la posible dolarización de nuestra economía, hayan privilegiado la soberanía monetaria de la Argentina.

    Del mismo modo, la otra cara de la crisis es el estancamiento de las economías desarrolladas. Y el estancamiento, en las últimas décadas, tiene un carácter cíclico precisamente porque constituye un problema estructural de sobreproducción y subconsumo. Es por ello que hay que tomar nota de que los problemas de la economía actual no se resuelven con los ajustes que usualmente recomiendan las instituciones internacionales de crédito, sino con el fortalecimiento de la demanda agregada. La Argentina ha comprendido muy bien este punto luego de haber probado con amargas consecuencias las recetas del neoliberalismo. El desafío actual es el reaseguro de esa demanda con más y mejor trabajo, y su progresivo desvío de bienes efímeros a durables.

 

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