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Opinión 
Edición: 1854 - Fecha: 16 de Mar, del 2011
La cocaína no pasa, también se queda

Eran las 5.30 de la mañana del sábado. El auto vibró cuando subió la irregularidad sobre el arroyo Pinazo en la Ruta 8. Más allá de eso el silencio tenía como fondo el motor, descansado, de la quinta. Por eso se escuchó muy claro por detrás el andar de la moto negra que venía desde Pilar, por el medio de la calzada. A medida que alcanzaba al remís, al motociclista se lo escuchaba, hablar o cantar no era muy claro, iba con el casco en el brazo. A lo lejos, en sentido contrario, el Polo venía a poca velocidad para una ruta. Solo....

    
El motociclista aceleró en el momento de pasar al remís, iba gritando (algo que tenía más que ver con un alarido tal vez) y se colocó sobre el carril contrario.

    El Polo se pegó a su derecha. El rugido de la moto marcó una acelerada más y se escuchó, claramente, el grito de “van a morir!”. El Polo bajó las dos ruedas derechas a la banquina, la moto lo encaró y se incrustó en la óptica izquierda. No hacen falta más detalles (el resto se puede encontrar en la crónica de un diario de Pilar ).

    -Amigo, ése borracho no estaba…-, nos dijo el remisero a modo de conclusión.

    Casualidad o causalidad, íbamos pergeñando esta editorial cuando nos encontramos con este relato. Teníamos que hablar de lo que alertó la O.N.U., desde lejos sobre el aumento del consumo de cocaína en nuestro país, posicionándonos segundos en Latinoamérica después de Brasil. Al tiempo que la J.I.F.E. (Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes, también de las Naciones Unidas) reconoció que el Gobierno argentino “ha realizado y mejorado” la coordinación de los organismos encargados del control de las drogas legales e ilegales. Pero claro, el problema ahora lo tenemos “adentro”.

    Adentro del país, adentro de la provincia, del Municipio y, tal vez, hasta en nuestras casas. Porque la droga (cocaína, paco, etc) está ahí, prácticamente saliendo a la vereda. Todos lo sabemos, todos saben dónde conseguirla. O nadie, mejor, quiere saber…

    Es, quizás, el problema más complejo al que podemos enfrentarnos, no sólo a nivel personal-familiar, sino mundial: “…las pingues ganancias generadas por los mercados de drogas ilícitas impulsan el crecimiento de las poderosas organizaciones delictivas, cuyos recursos financieros algunas veces sobrepasan los de las instituciones públicas. Un hecho que no puede pasarse por alto es que la intimidación y la corrupción de los funcionarios públicos facilitan la explotación de esos mercados ilícitos…”, se escribió en el prólogo del informe de la J.I.F.E. Clarito.

    La situación se torna dramática ahora, porque la muerte por consumo de estupefacientes o por crímenes relacionados con la comercialización se está haciendo presente cada vez en forma más frecuente y no se advierte que la sociedad hubiera tomado conciencia del peligro que ello significa.

    Allá, en Frías (Santiago del Estero) a tantos kilómetros de aquí y, sin embargo, parece tan cercano con éste flagelo. En el diario El Liberal se abordó el tema: “Miles de chicos se inician a diario en el consumo de droga, a la que acceden con total facilidad en noches de alcohol, que dada vez tienen más horas de desenfreno. Sus ojos extraviados ya no se ven sólo en fiestas, también se los puede ver a plena luz del día, en plazas, parques, o detrás de la mano que lava un parabrisas aprovechando un semáforo en rojo…” Y sí, tan cerca de cualquier esquina de nuestra región.

    En esa ciudad santiagueña el propio jefe comunal, Néstor Humberto Salim (tras prestar declaración testimonial en una causa que investiga una muerte por cuestiones de estupefacientes) admitió que “cada día, la droga se mete más en los barrios y contamina más a los chicos. Mi opinión es la que tienen todos los que viven en esta ciudad, los que conocen quiénes son los que comercializan la droga, la Justicia y la Policía también lo saben”. Palabras que también se escuchan tan cerca.

    Causas habrá muchas y el tratamiento nacerá,
indefectiblemente, en la familia. Hay un fracaso del proyecto de vida, hay que decirlo –crudamente- porque se trata de eso. Pero fracaso no implica fin, sino que puede ser el momento para volver a empezar.

    Consultado el Obispo auxiliar (también) de Frías, Monseñor Ariel Torrado Mosconi, reflexionó: “se ve una falta total de límites que se expresa en la búsqueda de desbordes de todo tipo; y cuya causa se ha de ver en situaciones de desorientación y desintegración de las familias y ciertas actitudes anárquicas presentes hoy en nuestro país. Es el fruto de una sociedad materialista, sin valores espirituales, injusta, violenta, crispada, donde hemos descuidado la educación en el trabajo, el progreso personal, la búsqueda del bien común y la virtud”.

    Quizás no estemos de acuerdo en todo el diagnóstico, pero coincidiremos en la mayoría. La droga se lleva vidas jóvenes que no saben lo que hacen, el joven de la moto del comienzo es un claro ejemplo. Y se lleva también la vida de otros que, inocentemente, son víctimas en situaciones violentas todos los días.

    La O.N.U. nos advierte del aumento del consumo. Nosotros lo vemos a diario, pero la pregunta es ¿verdaderamente lo queremos ver?. Compromiso y mucho trabajo es lo que nos falta. ©ALN

 

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