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   Miércoles, 22 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 244 - Fecha: 11 de Sep, del 2003
Jóvenes salvajes

En la ciudad de La Plata cinco estudiantes de diecisiete años preparan una emboscada a un compañero dos años menor, lo atacan a trompadas y cuando está en el piso lo patean en la cabeza y debe ser derivado a un hospital.

     En la ciudad de Córdoba un alumno de apenas once años, que cursa el tercer grado de la escuela primaria, golpea en la cara a una maestra que intentaba evitar que se moliera a golpes con un compañero.

    En la ciudad de Buenos Aires una pareja de veintiún años es sorprendida por la policía mientras robaba esculturas de hierro macizo en una plaza e intentaban cargarla en su cuatro por cuatro.

    Todos estos casos de violencia y vandalismo juvenil están registrados en la crónica policial de un solo día: el viernes cinco de septiembre, en Clarín. Es sólo una muestra de situaciones que se repiten diariamente y que no siempre, como en este caso, acceden a la crónica policial.

    No podemos hacer oídos sordos a este alarido de la realidad que nos está indicando que existen gravísimas fallas en la estructura familiar y educativa de nuestra sociedad y que el problema va en aumento.

    Esta juventud salvaje es la resultante de varios factores que dejamos que se conjugaran sin tomar las precauciones necesarias y hoy sufrimos las consecuencias.

    La “diversión” juvenil se ha comercializado y la maneja gente sin escrúpulos que proponen formas de diversión que atentan contra la integridad personal y social. Promueven el alcohol, que está haciendo estragos en adolescentes de ambos sexos; publicitan una música violenta con letras obscenas que fomentan actitudes marginales y rebelión contra toda forma de orden y autoridad, incitando a las drogas y la promiscuidad.

    Los medios de difusión hacen su aporte a este caos defendiendo y publicitando formas de marginalidad, justificándolas y hasta aplaudiéndolas, mientras degradan impunemente el lenguaje llevándolo hasta los más bajos niveles sin reconocer ningún límite.

    El Estado está, como siempre, distraído y no ejerce control, temeroso del discurso de un grupo de seudo intelectuales decadentes que aparecen en los medios como si fueran progresistas.

    Pero en la base de todos estos factores subyace el más importante: La familia, que hoy está ausente, se desliga de su responsabilidad educativa, y cuando los educadores los convocan para ponerlos al tanto de la inconducta de sus hijos, los justifican haciendo causa común con ellos.

    Son muchos los educadores que manifiestan abiertamente no tener el respaldo necesario – institucional y familiar – para poner disciplina y que confiesas que han bajado los brazos. Esto ha deteriorado la educación que se encuentra en uno de los niveles más bajos de nuestra historia.

    El discurso fácil de los demagogos es echar la culpa a la realidad socioeconómica. Pero los fenómenos de agresividad, violencia, alcoholismo y drogadicción alcanzan a todos los niveles sociales.

    Queremos reconstruir económicamente a nuestro país y, centrando todo la atención en ese tema, olvidamos que los problemas de una sociedad no son solamente el resultado de su economía.

    Si hoy tenemos una masa importante de la juventud que se maneja sin pautas morales, vive promiscuamente, genera violencia, consume droga y no tiene reparos en alcoholizarse cada fin de semana, es porque la familia y el Estado no están cumpliendo con su cometido.

    El Estado tiene que dictar leyes que permitan controlar este desborde y hacerlas cumplir a rajatabla. No debe tolerar más que se exalten impunemente los antivalores y tiene que ejercer un estricto control sobre los medios de difusión masiva instrumentando medios aptos para que los reglamentos se cumplan.

    El Estado debe jerarquizar a la educación y al educador, volviendo a formar maestros capaces, pagando sueldos dignos y exigiendo que cumplan su tarea con eficacia. Es necesario hacer una verdadera reforma educativa que nos saque de el sistema que ha demostrado su ineficacia y lo único que ha conseguido es promover ignorantes.

    La familia tiene que asumir su responsabilidad de educar. Estos salvajes de hoy son el resultado de familias ausentes, de padres desaprensivos e irresponsables, que nos los han educado para el ejercicio sano de la libertad.

    Pero si el Estado sigue distraído y la familia no asume su responsabilidad seguiremos viviendo en la jungla.

    Salvador Dellutri

 

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