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   Jueves, 23 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 1779 - Fecha: 20 de Oct, del 2010
“Rescatate”

Verdaderamente nadie podrá negar los merecidos elogios por el rescate de los 33 trabajadores de la mina de San José en Copiapó, Chile. Conocemos casi de primera mano la problemática de los mineros chilenos. Nuestro actual Relacionista –y fundador de éste medio- recorrió esos lugares en varias oportunidades interiorizándose por la explotación minera y observando que la precariedad laboral no era nada nuevo y que desde ese tiempo hasta hoy no hubo demasiado progreso en ese sentido.

     Una tarea heroica que a pesar de las urgencias, tuvo su planificación, previsibilidad y ejecución responsable, incluso administrando la ansiedad justificada de víctimas y familiares.

    También fue muy cuidada la puesta en escena del rescate: los colores, la arenga y la presencia del Presidente trasandino revivieron el patriotismo chileno. Lo que se trasladó en la euforia ante la salida de cada minero en cada pueblo de ese país.

    Toda la atención se centró, como es lógico (si es que existe una lógica mediática), en la espectacularidad del rescate de lo que muchos, pero no todos, señalaron como un accidente.
Y entendemos que ahí debemos hacer foco, no con malas intenciones, sino por varias consideraciones que reflejaremos a continuación.

    En primer lugar conocemos casi de primera mano la problemática de los mineros chilenos. Nuestro actual Relacionista –y fundador de éste medio- recorrió esos lugares en varias oportunidades interiorizándose por la explotación minera y observando que la precariedad laboral no era nada nuevo y que desde ese tiempo hasta hoy no hubo demasiado progreso en ese sentido.

    Salarios bajos, pocas condiciones de seguridad, jornadas que exceden cualquier normativa vigente señalan a esos establecimientos como de explotación y no sólo de minerales. Nobleza obliga aclarar que esas mismas situaciones no se dan exclusivamente allí sino en casi toda Latinoamérica y, además, tampoco hace falta ir muy lejos para dar con esas “condiciones” laborales.

    Muchos pudieron advertir también, entre tanta euforia, que la mina San José había estado clausurada no hace mucho tiempo atrás, luego de innumerables denuncias y varios accidentes. Eso, de por sí, empieza a alejar el carácter de “accidente” a la tragedia de los 33.

    Se puede señalar el caso del minero que en julio pasado (un mes antes del derrumbe del 5 de agosto) perdió la pierna por un desmoronamiento menor, pero que dejó al descubierto la sobreexplotación de la mina de cobre y plata, la que no tenía las correspondiente escaleras de emergencia, por ejemplo.

    El Presidente, Sebastián Piñera, se presentó en el lugar desde el momento en que se conoció que había sobrevivientes y se quedó, como un capitán de barco, dando señales de la seriedad de un país que pretende serlo, pero que tiene las mismas desprolijidades que el nuestro: aún se investiga quién y cómo se otorgó la autorización a la compañía San Esteban para que continuara con la explotación luego de los sucesos de julio pasado.
Ahora, después de la heroica batalla, empiezan a dejar de ser 33. Comienzan a hacerse notar los 300 trabajadores que quedaron sin su fuente de trabajo y el campamento “Esperanza” fue ocupado por ellos como protesta.

    Reclaman su “finiquito” (indemnización) lo antes posible. Acompañaron durante esos 70 días –muchos de ellos colaborando activamente con los trabajos de rescate- sin cobrar sueldos. Pero la vida sigue y tiene sus costos. Si los trabajadores no son indemnizados no pueden reubicarse y éste es otro drama sobre el drama.

    Parece de otro tiempo pero la problemática es actual. Linealmente podemos decir que hablamos de la explotación de minerales en precarias condiciones. De otros siglos.
Y hasta parece reiterativo –para esta columna- insistir en el lugar común de la ausencia del Estado. Porque es evidente que es el Estado el que debe estar velando por los intereses de todos, en este caso un recurso natural valioso como los minerales y debe estar ahí tal vez no para hacerse cargo de la explotación, pero sí para supervisar a los privados que se aprovechan –a veces- de su ausencia o “ingenuidad” y, principalmente, para salvaguardar los derechos de los trabajadores.

    Chile dio una gran muestra de efectividad al rescatar a los 33 mineros con vida. Y está ante una inmejorable oportunidad de rescatar ese rol del Estado que parece obvio, pero que las circunstancias, una y otra vez, demuestran lo contrario.

    Puede rescatarse y brindarse como un ejemplo a seguir. Y siguiendo ese ejemplo podernos rescatarnos nosotros también ya que –ahora que la pesadilla concluyó- la situación bien puede servir de metáfora para la realidad que a cada país latinoamericano le toca: rescatarse.©ALN

 

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