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   Jueves, 23 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 1774 - Fecha: 12 de Oct, del 2010
Padres gordos, hijos gordos

No se puede culpar a las golosinas por la pandemia de obesidad en el mundo. Para ejercer el derecho a una buena alimentación, se necesita una educación adecuada y el ejemplo de los padres en el hogar.

     Más de la mitad de los habitantes de los países ricos padece sobrepeso, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). El gasto sanitario de los gobiernos de estos países ha incrementado desde hace décadas por problemas de salud relacionados con la obesidad. Diabetes, colesterol elevado, enfermedades coronarias y cardiovasculares han ido de la mano del creciente sedentarismo de la población y con cambios en la dieta.

    La exportación del modelo de “desarrollo” y de consumo de las sociedades más industrializadas al resto del planeta ha convertido los kilos de más en una pandemia mundial. El 60% de los mexicanos vive bajo el umbral de la pobreza, pero uno de cada tres de sus adultos padece sobrepeso, la misma proporción que en Estados Unidos.

    Las enfermedades relacionadas con la obesidad se han incrementado por las migraciones masivas hacia las grandes ciudades. Sortear el tráfico, recorrer los núcleos urbanos de punta a punta y cumplir con “compromisos” que se multiplican ocupan la mayor parte del día de las “muchedumbres solitarias”. Las personas con pocos recursos no tienen el mismo acceso a gimnasios y clubes deportivos. El cemento le gana terreno a los espacios verdes que antes se utilizaban para actividades al aire libre.

    Ya no se dispone del tiempo que antes se dedicaba a seleccionar una dieta variada para la compra. La industria de la comida rápida ha capitalizado esta “oportunidad” con publicidad agresiva y con precios que convierten la alimentación basura en un “mal menor”.

    Organizaciones como Consumers International han denunciado que gran parte de las campañas de marketing de la comida basura va dirigida a los menores: el tigre de los cereales con azúcar, los Fruit Loops de colores con múltiples saborizantes, el cacao con azúcar en polvo para la leche que se vende como producto para el crecimiento y el fortalecimiento de los huesos.

    Golosinas de colores, de sabores y de escaso valor nutricional están al alcance de muchos niños. En algunos países, la denuncia de la publicidad agresiva ha llevado a empresas de bollería industrial y de refrescos a cambiar sus estrategias de marketing. Al mismo tiempo, se promueven leyes para prohibir la venta de esta comida en los colegios.

    Sin embargo, la educación y el entorno determinan más el sobrepeso que la comida basura, según expertos de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria (AESAN). Un niño con uno de sus progenitores obeso tiene hasta cuatro veces más probabilidades de padecer sobrepeso en su vida adulta. No sólo por la genética, sino por el papel de “ejemplo” que juegan la actividad física y los hábitos alimenticios de los adultos.

    En España, diversos estudios sobre la alimentación infantil dejan ver no sólo una dieta pobre en frutas, verduras y hortalizas, sino también casos de niños incapaces de describir el sabor de una naranja, de una manzana, de un brócoli o de un tomate. Esto apunta en la dirección de unos padres que se desentienden de su responsabilidad en la dieta del hogar. En ocasiones, los premios en forma de golosinas se convierten en elemento de chantaje para que los hijos dejen el “yo no como eso, no me gusta”. Pero la educación por incentivos juega en contra del porvenir de los menores, pues el estímulo no siempre se sostiene en los años. Desde niños nos educaron para no preguntar si nos gusta o no nos gusta lo que tenemos que hacer, respondió la reina de España, a quien le preguntaba si le gustaban las exigencias del protocolo.

    Para muchos padres que vuelven tarde de trabajar, resulta más cómodo comprar comida rápida de alto valor energético y poco valor nutricional, o dejarles a sus hijos dinero para que “agarren” algo. Los padres han encontrado en los videojuegos un aliado para mantener a los menores dentro de su casa. Esto les da tranquilidad en entornos de inseguridad de varias ciudades.

    Lejos del tópico del “gordito feliz”, la obesidad no sólo afecta la apariencia y la salud física de los niños, sino también la emocional. Sin una autoestima aceptable en entornos escolares de alta competitividad, los menores quedan más expuestos al acoso, al aislamiento y al desarrollo de otras conductas adictivas. Esa baja estima permanece en los años y afecta las expectativas laborales. La obesidad supone un obstáculo para que las personas disfruten de la salud, un derecho que comienza a ejercerse en el hogar desde la educación y el ejemplo de los padres.

    Carlos Miguélez Monroy
Periodista y coordinador del CCS
ccs@solidarios.org.es

 

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