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   Miércoles, 22 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 1758 - Fecha: 11 de Sep, del 2010
Libertad de prensa y autoritarismo

Hay términos que se tergiversan. En muchas ocasiones van cambiando el significado que se les da en el uso cotidiano por una cuestión de comodidad expresiva –si se quiere-, ligado a lo cultural, pero en otras ocasiones la utilización de términos (y su instalación y repercusión en la opinión pública) conlleva otras intencionalidades, de las que muchos no estamos acostumbrados a discernir con claridad y en el medio de un “bombardeo” continuo y persistente de información, mucho menos.

     Los medios, cuando se unen en una sola voz, nos hacen dudar respecto del aborto, nos muestran la naturalidad de la unión homosexual o la enemistad –vestuarios adentro- de Palermo y Riquelme. El poder de los medios, a esta altura, es incuestionable.

    Pero lo que sí es cuestionable es la demora en el Estado respecto a la accesibilidad de la opinión pública a ellos y a garantizar que cualquiera pueda emitir su opinión por la prensa (“…sin censura previa”, también como garantiza nuestra carta magna). Y esa, desde todos los ámbitos, se reclamaba como una deuda de la democracia.

    Pues bien, llegamos a un punto donde la política tomó la decisión. Hubo decisión política para consultar, redactar y exponer en el Congreso una Ley que reemplace a la vieja 22.285. Nunca se había hecho y desde un sector –justamente de los medios- se llamó a silencio omitiendo decir que una de las más sagradas libertades era regulada por una Ley dictada por un gobierno de facto. Al diablo con la legitimación.

    Legitimación que sí tuvimos –por lo menos en teoría- a partir de 1983. Alfonsín, Menem, De la Rúa, Duhalde, Néstor Kirchner… Infinidad de proyectos, pero ningún consenso para enmarcar y garantizar el derecho a la libre expresión.

     El río baja revuelto y los pescadores más hábiles aprovechaban el momento y de la caña con medio mundo pasaron a la flota pesquera. Ya no quedaba lugar para tirar una línea y el pescado se compra al precio arbitrario que fijen. ¿Pescado podrido?, más de una vez… Pero eso era, lo que ellos llamaron “libertad de prensa”.

    Se tomó la decisión de cambiar ese estado de cosas que beneficiaban a unos pocos y abrir el juego. De aquí a un año los conglomerados mediáticos –sobre todo el monopolio ejercido por el Grupo Clarín- tendrá ese plazo para adecuarse a los límites de la titularidad de medios que, a rigor de verdad tampoco es escaso, y deberá hacer uso del procedimiento fijado por la nueva ley como “desinversión”. Y acá seguramente habrá temas o formas cuestionables (como lo hemos dicho una y mil veces desde aquí), pero hay que patear el tablero porque cuando a veces se grita que están atentando contra la libertad de prensa, si observamos detenidamente, prensa puede querer decir “empresa” y en la difusión de voces “mi voz”.

    Si seguimos el razonamiento “mi voz” puede ser una única voz emitida por una gran mayoría de medios que acaparan el mercado, perdón, los medios… Entonces se “ataca” a esa única voz que como se observa si se alza se impone con poder, y no está muy lejos de convertirse en autoridad. No falta mucho, desde allí, para emular cierto autoritarismo que se endilga siempre a la dirigencia en el poder.

    La libertad se ejerce con un equilibrio responsable. El ciudadano debe tener el acceso a toda la información: lo que no se hace o lo que se hace mal, sin dudas. Pero también lo que se hace, y si está bien mejor; la valoración la tendrá cada vecino, pero para ello debe contar con todo lo necesario para tomar decisiones responsables.

    Porque si caemos en apologías obsecuentes se ocultarán malos manejos que termina pagando el ciudadano. Pero si sólo buscamos desacreditar a quienes deben conducir políticas de Estado se puede caer en una peligrosa desestabilización que, también, termina perjudicando al vecino.

    Ese mismo Estado -porque los dirigentes ocupan cargos que son circunstanciales- es el que debe garantizar la pluralidad de voces, buscando el equilibrio en cuanto a la competencia de alcance, acceso y distribución de los medios, es decir, que todos tengamos la posibilidad de un mismo punto de partida y eliminar esos imposibles molinos de viento que nos hacen asemejar a Quijotes desamparados a la ley del mercado de la oferta y la demanda cuyo viento siempre sopla a favor de los molinos que son, a su vez, sus generadores.

    Se tomó la decisión de abrir el juego en políticas de medios, se aprobó la Ley y acaba de reglamentarse a pesar de haber sido cuestionado ciertos aspectos en la Justicia. Para los medios pluralistas es un motivo esperanzador, es un hecho que puede valorarnos como lo que somos y hacemos: transmitir los hechos al vecino, para que sepa de qué se trata. ©ALN

 

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