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   Sábado, 18 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 1750 - Fecha: 25 de Ago, del 2010
Rehenes

Es evidente que estamos acostumbrados a buscar los límites. A esperar “que la cosa explote” para ponernos en marcha, para lograr “reaccionar”. Aunque muchas veces ese cambio de actitud sea mera expresión de deseo en un conjunto de palabras lindas-grandilocuentes y dolidas surgidas de boca de los protagonistas.

     Y eso que muchas veces ese límite fueron vidas humanas, ¿cambiaron algo?, sí, la vida de sus seres queridos para siempre. Pero, por lo general, no mucho más.

    Tal vez el último párrafo es un tanto exagerado para el tema que pretendemos abordar, pero no lo será en cuestiones como la inseguridad.

    A lo que queremos referirnos es a la exagerada y vergonzosa protesta del 10 de agosto, cuando a media mañana el centro de la ciudad de San Miguel se volvió intransitable, un verdadero caos para los vecinos que debían llegar a sus lugares de trabajo o cumplir con trámites o citas médicas, se vieron envueltos en una demora innecesaria, trastornando la salud mental de muchos de ellos y perjudicando el normal desarrollo económico de esa zona.

    Hay que decir que la protesta es absolutamente legítima. Pero todo tiene su justa medida y fue eso lo que no se respetó, en varios sentidos.

    Primero, los trabajadores se movilizaron a través de sus delegados, angustiados por la eventual pérdida de sus puestos ante el posible cambio de empresa que correría de su lugar a La Primera de Grand Bourg (líneas 315, 440 y 740). Como decimos en esta profesión: “trascendidos”, cuando algo tiene poco de verdad en los hechos pero mucho “ruido” en los rumores. En eso se sustentó, para los trabajadores, la protesta que traspasó varios límites.

    Segundo, los empresarios –sabrán ellos basados en qué- fogonearon esa movilización que luego (palabras de ellos mismos) se les fue de las manos.

    Corte de Avenidas, quema de gomas, pintadas frente al Palacio Municipal… Se pasaron límites. Se faltó el respeto.
Se faltó el respeto al Gobierno local, a lo institucional, algo a lo que nos estamos acostumbrando ya que no por nada la casa de Gobierno Nacional, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, tiene un perímetro de rejas que sobrepasan los 2 metros de altura.

    Pero hay algo peor aún: se le faltó el respeto al vecino en general y, principalmente, al usuario. Un usuario que viene soportando atropellos en su calidad de tal en un grado en pocos lugares visto de la provincia.

    Esperar un servicio de colectivos durante media hora, coches que no están acorde a lo que seguridad vial exige hoy en día, recorridos que no se cumplen, un boleto caro si se ponen todos estos ítems en la mesa que, encima, hay que abonar con monedas que no se consiguen o se “compran” golosinas para poder obtenerlas…

    A eso –que está expuesto diariamente el usuario de la región- se le agregó que esa mañana del 10 de agosto tuvo que optar por otras líneas y que, cuando llegó a las cercanías del centro de la ciudad debió dar un largo derrotero para poder cruzarla, o caminar varias cuadras hasta la estación de trenes, o de alguna clínica céntrica, o hasta el hospital, con la demora que todo ello implicó.
Fueron casi tres horas donde los bomberos no podían salir ante cualquier emergencia a la velocidad requerida, donde las ambulancias quedaron atrapadas en el caos vehicular circundante y lo mismo sucedió con los patrulleros.

    ¿Habrá justificación para tamaña protesta?. Las deficiencias en el servicio no son de ayer. Pasaron muchos años y también muchas administraciones que miraron para otro lado. Tenemos un archivo de 25 años que no nos deja mentir.

    Hasta el propio gremio de los trabajadores (UTA) se transformó en denunciante de las circunstancias que detalláramos buscando proteger a sus afiliados y los empresarios aseguran que “ahora” están mejorando el servicio. Justo cuando les caía una inspección provincial con el apoyo Municipal.

    Lo cierto es que todos los vecinos de la región, directa o indirectamente, fuimos rehenes de la protesta en una escena que ya vimos demasiadas veces y que nadie le encuentra una solución definitiva en beneficio del usuario-vecino que es para quien deben trabajar.

    Cada uno desde su rol: el transporte como tal y el estado garantizando el servicio (otorgando las licencias, controlando el servicio y multando si es necesario). Llevando sus diferencias a una mesa de diálogo y evitando el camino fácil de la presión que tiene como víctima –siempre- a los vecinos como rehenes.
Pero eso sí, siempre será “al último que se quiere perjudicar” y por todo ello “sepan disculpar las molestias ocasionadas”... Pero lo hecho, hecho está. ©ALN

 

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