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   Jueves, 23 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 227 - Fecha: 29 de Jul, del 2003
Fascismo “progre”

Estoy harto. Harto de los fascismos. De los fascismos de derecha, estrechos de mente, ignorantes, dogmáticos y autoritarios.

     Que se creen dueños de una verdad absoluta y son sordos a todo pensamiento y reflexión que colisione con sus ideas. Pero también estoy harto de los otros fascismos. De los fascismos de la izquierda mediática esnob, también estrecha de mente, ignorante, dogmática y autoritaria, que también se cree dueña de una verdad absoluta y tienen los oídos y la mente cerrada a todo pensamiento o reflexión que colisione con sus ideas.

    Estoy harto de los Feinman, los Laje, los Hadad. Pero también estoy harto de los Polimeni, los Majul o los Tognetti. Y en este último tiempo mi hartazgo sufre el empacho de estos representantes bastardos del pensamiento “progre”, que de “progre” tiene solamente el nombre.

    ¿Necesito aclarar que no tengo fobia a la izquierda? Siempre escucho con atención y respeto a hombres como Felipe González, admiro a Noam Chomsky y Norman Mailer y cada vez que oigo las burradas de algunos de nuestros diputados y senadores añoro los tiempos en que Alfredo Palacios y Américo Ghioldi daban cátedra desde la banca.

    Lo que me tiene harto son estos “progres” esnobs, que se sitúan en el progresismo porque es moda y cuando alguien los contradice lo tildan de fascista, anacrónico, autoritario o dogmático mirando siempre la paja en el ojo ajeno y nunca la viga que tienen en el propio. Me harta el estreñimiento mental que exhiben ante la realidad, la falta de documentación y la pobreza de sus conocimientos. Me harta que su pobreza de lenguaje y preparación intelectual la quieran disimular utilizando palabras groseras y soeces, que quieran mostrarse transgresores cuando no pasan de ser ignorantes y maleducados.

    Digo todo esto porque mi indignación llegó al límite cuando observé el tratamiento que dieron a la primera unión civil que se realizó en la ciudad de Buenos Aires. Una ciudad empobrecida, llena de mendicantes cartoneros que revuelven noche a noche la basura para poder comer, con calles intransitables por la inseguridad, con problemas estructurales graves que las convierte en una indeseada Venecia cada vez que llueve, con avenidas poceadas, monumentos históricos destruidos y plazas convertidas en potreros o enrejadas pero que los “progre” pintaron como la ciudad de avanzada, que se ponía a la altura de las más desarrolladas de Europa solo porque habían unido civilmente a dos homosexuales.

    A esta altura vale la pena decir que tampoco soy homofóbico, represor, pacato, timorato o retrógrado como sin duda ya me estarán etiquetando según su costumbre: soy un ser pensante que no se deja amilanar por los rótulos tremendistas de los ignorantes.

    No tengo problemas con los homosexuales, pero rechazo la homosexualidad como conducta. Acepto a la persona, no discrimino por como ejerce su sexualidad, pero rechazola homosexualidad como conducta porque la considero una perversión.

    Y no lo hago solamente por estar comprometido con la moral cristiana, porque sería una actitud autoritaria creer que todos tienen que vivir respetándola compulsivamente. Pero los medios, que debían limitarse a informar y confrontar opiniones, hicieron una campaña de propaganda que resulta bochornosa.
En primer lugar quisieron instalar la idea de que se está hablando de “otra forma de amor” lo cual es totalmente inexacto. Puede haber amor – en el sentido más puro del término – entre dos hombres y de hecho lo hay entre padre e hijo o entre amigos. De lo que se habla en la unión civil, no tenemos que ser hipócritas, es de sexo, y lo que se está reconociendo es una forma anormal de sexualidad.

    El mundo se rige por leyes biológicas que cumplen finalidades específicas. Puede una sociedad rechazar las leyes morales que emergen de una concepción religiosa, pero no puede desconocer las leyes de la biología, donde los órganos tienen determinadas funciones.

    Cuando esa funciones no se realizan en la forma establecida estamos ante una perversión, que es la anomalía del comportamiento que provoca una desviación de la naturaleza. Por lo tanto nadie debe sentirse ofendido por que las cosas se llamen con el nombre que deben tener.

    Sigamos la indicación kantiana – a la que no podemos sospechar de religiosa – y preguntémonos si sería deseable una sociedad en la que todos fuéramos homosexuales. La respuesta cae por su propio peso, por lo tanto la sociedad no puede presentar como un avance lo que significaría su extinción en el caso de potenciarse.

    Siempre ha existido la homosexualidad pero su crecimiento y legitimación pública caracterizó a las sociedad en el momento de su decadencia. Frente a esto los medios tendrían que preocuparse por defender la familia, que es el núcleo básico de la sociedad y esclarecer el tema con profesionales de reconocida autoridad científica, ya que es preocupante que una anormalidad se instale en el seno de la sociedad y es necesario prevenirse para que el fenómeno no se contagie y crezca.

La difusión de estos caso, en forma tosca y vulgar pero poco esclarecedora, donde no se permite que se exprese una parte importante de la sociedad que piensa diferente pero se hace opinar hasta el hartazgo a la cofradía “progre”, se acerca más a la propaganda que a la información. La descalificación burlona de quienes piensan diferente no son una prueba de progresismo, sino una evidencia de la falta de ideas o argumentos válidos y la pobreza intelectual de los que manejan los medios.

    Increíblemente los extremos se tocan. Hay también un fascismo “progre” fuertemente instalado en los medios.

    Salvador Dellutri

 

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