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   Miércoles, 22 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 1687 - Fecha: 12 de Mar, del 2010
Algo está cambiando

Es evidente, mas allá de los estudios científicos que lo refutan o rectifican, que algo esta cambiando. Y no es, justamente, aquello que debería hacerlo, por el bien de todos.

     Es decir, la actitud del hombre no cambia, a pesar de las catástrofes que vemos por televisión casi en tiempo real y que también nos pasan a nosotros aquí mismo.

    "La tierra esta enojada con nosotros", dijo en su simpleza el Presidente boliviano, Evo Morales. Fue simple, pero contundente a la vez y da muestra de que todos -en todos los niveles ya sea sociales y/o económicos- nos damos cuenta de la realidad.

    Que algunos la nieguen y otros se hagan los distraídos es otra cosa.

    El terremoto en la ciudad de Concepción, en Chile, es la catástrofe "natural" más grande, más próxima y más reciente que nos haya tocado, lo que nos demuestra que la naturaleza se esta cansando de nosotros, y que es capaz de desecharnos si se lo propone.

    Eso paso del otro lado de la cordillera, también se temblaron nuestras provincias puntanas y algunos edificios de Palermo, en las islas del Pacífico recibieron las olas como consecuencia y nuestro continente se habría desplazado 4 centímetros al oeste... Pasó en Chile, pero no podemos mirar para otro lado.

    Sin ir más lejos el último febrero fue el más lluvioso, en nuestra región, del que se tenga registro; no hace tanto nos sorprendíamos con el granizo; el año pasado las provincias productoras agrícolas por excelencia sufrieron su peor sequía y hubo un 9 de julio que nevó aquí, ¿se acuerda?.

    Los especialistas dicen que "migraremos" hacia un clima subtropical, aquí en San Miguel ya tenemos invasión de gekos, una especie de lagarto que se desarrolla en los trópicos y que viene a reemplazar, en el ecosistema autóctono, al casi extinguido sapo. Si quiere tómelo como el botón de la muestra.
El interior de la provincial bonaerense está conociendo la fuerza del viento con algunos fugaces tornados que arrastran chapas y árboles a su paso.

    Hay más: nevadas extremas en Europa (Barcelona por ejemplo) o Estados Unidos; inundaciones en Inglaterra, algún que otro tsunami y temblores donde alguna “falla” lo permita.

    No nos volvimos ecologistas de la noche a la mañana, cumplimos en reflejar lo que pasa, tal nuestro deber y advertimos que algo está cambiando y no es lo que debería cambiar.

    Reunidos en la redacción, como lo hace usted con su familia cenando o tomando mate, mientras la televisión reproduce las consecuencias de los desastres naturales por doquier y cuentan y recuentan las víctimas como la estadística fría que quedará después, notamos que en todo esto aparece un eje que corta transversalmente la situación.

    En todo esto hay un damnificado: la gente, el vecino, nosotros. Porque es el ciudadano común el que sufre el desastre, que pierde todo y el que debe levantarse para seguir adelante, con pérdidas materiales y afectivas a cuestas.

    Y todo tiene que ver con todo, es verdad. El caso chileno lo demuestra: un país con una economía ordenada, en crecimiento, bajando los índices molestos que alberga la pobreza (desocupación, analfabetismo, etc.), recibe este duro revés que lo obliga a reorganizarse, con el esfuerzo que esto requiere, no sólo de sus gobernantes sino –y principalmente- de sus ciudadanos.

    Y usted se preguntará por qué hablar de Chile?. Está bien, aquí, en el comienzo de este milenio tuvimos nuestro propio “terremoto”. Que fue económico, pero que también tuvo sus víctimas que tal vez no fueron inmediatas y simultáneas pero cualquiera, en su entorno, puede dar cuenta de sus pérdidas por estrés y sus derivados. No es una comparación, sino intentamos señalar que el que termina sufriendo es el pueblo, el que trabaja a diario y que tras perderlo todo le lleva años insinuar una recuperación.

    Ahora, volviendo a la situación ecológica del mundo llegamos a la conclusión que el mismo pueblo deberá ser protagonista del cambio, si es que pretendemos sobrevivir en él. Se trata de una tarea titánica, la toma de conciencia de la gravedad debe ser doméstica.

    Es difícil. Imagínese: cuántos de nosotros, al llegar a casa después de todo un día de labor se pone a cuidar el consumo eléctrico apagando las lamparitas que están de más, los electrodomésticos o el aire acondicionado!. Cuántos mantienen la canilla abierta sólo lo necesario. O quién se pone a clasificar la basura en orgánico e inorgánico?. Insistimos, es difícil, pero creemos que el cambio debe empezar de abajo, desde nosotros.

    Porque si cuidamos la energía y le prestamos atención a los desechos que se producen en nuestras propias casas tendremos otra fuerza para reclamar las cloacas, por ejemplo, o el control de los efluentes de las grandes empresas que contaminan los ríos y arroyos.
Porque el clima del planeta está cambiando y nos está avisando, lo estamos pagando con nuestras propias vidas.

    Algo está cambiando y no es, justamente, la actitud del hombre para preservar su sobrevivencia en el planeta. ©ALN

 

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