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Opinión 
Edición: 1653 - Fecha: 15 de Ene, del 2010
Alimentar al mundo y morder el polvo

(Editorial: 200 años argentinos) Empezamos a transitar el año del bicentenario. Cumplimos 200 años de vida institucional y estamos considerados, aún, como un país joven.

     Han pasado cosas durante estos dos siglos de vida que no fueron plenos de crecimiento y, más que altibajos, podríamos definir la vida institucional de nuestro país como un péndulo. En un vaivén permanente que impidió que se aplicaran políticas coherentes en el tiempo. Como alguien que ni siquiera se pone de acuerdo consigo mismo.

    Argentina fue y volvió, llegó y se volvió a caer. ¿Quiere parámetros? Estados Unidos tiene un par de años más que nosotros (1776), Bolivia –que empieza a encontrar su camino- algunos menos (1825), saque usted sus propias conclusiones y verdaderamente las comparaciones serán odiosas.
Podemos caer en la explicación de las divisiones eternas, desde saavedristas y morenistas, pasando por republicanos y monárquicos, conservadores y progresistas, azules y colorados, peronistas y radicales, Boca y River, Huracán y San Lorenzo, Racing e Independiente, cuarteto y chamamé, Vilas o Clerc, Soda o Los Redondos…

    Pero es una explicación que intenta justificar una situación sin aportar mucho más. Cuando en realidad debería ser el punto de partida de un planteo más serio y profundo, incluso podría ser tomado como el diagnóstico, nuestra idiosincrasia, es decir, así somos: esto es lo que tenemos y ahora ¿qué hacemos?, ¿cómo plantear un verdadero crecimiento entonces?. Que vaya más allá del mero desarrollo económico?.

    El hecho del bicentenario, además de recordar la primera iniciativa independentista, podría servir como la oportunidad de proyectar ciertamente el futuro.

    Hemos recorrido un camino que no podemos negar aunque muchas veces nos esforzamos por olvidarlo. Pero siempre en esa oscilación histórica que se marcará casi como un rasgo de nuestra personalidad.
Conocimos aquello de pertenecer al “concierto de las Naciones” cuando ejercíamos el rol del granero del mundo mientras el planeta se partía en dos extremismos y el Peronismo (con Perón al frente) planteaba otra cosa. Hace -apenas – poco más de medio siglo.

    Pero también supimos morder el polvo, hace una década la debacle económica nos dejaba en default y no teníamos para darle de comer a los propios en una situación inexplicable, hasta irracional.
Esa oscilación también estuvo de manifiesto en el rol que jugó nuestro propio estado, la mayor parte de las veces a favor de intereses espurios que dilapidaron nuestra riqueza, la que paradójica y potencialmente sigue allí.

    Por aquí, sobre todo durante el siglo que pasó, hemos sufrido/gozado de una amplia gama de “tipologías” de Estados que se dieron globalmente:

    1- el modelo constituido a mediados del siglo XIX, que podríamos tipificarlo como liberal oligárquico;

    2- el que se conforma a partir de la década del ’40, nacional-popular o social;

    3- el Estado desarrollista, en la década del ’60;

    4- el tipo de Estado burocrático-autoritario que podríamos situarlo durante la década del ’70; y

    5- el modelo que comienza a delinearse a fines de la década del ’70, a partir de la crisis del Estado de bienestar, y queda configurado a fines de los ’80 y comienzos de los ’90 con las políticas de ajuste y la nueva integración al mercado mundial, el Estado neoliberal.

    Fue desde comienzos del siglo XX donde el mundo experimentó profundos cambios en la organización del trabajo y en la economía. Estos cambios fueron producto de las nuevas formas de trabajo industrial: el taylorismo (1911), y el Fordismo (de 1920 a 1970). La expansión de este último coincidió con el desarrollo del Estado de Bienestar. Un Estado “benefactor”, que cumplió el papel de garante de la nueva relación entre los trabajadores y los empresarios, se propuso que todos tuvieran empleo, se preocupó por lograr la igualdad de oportunidades a partir del otorgamiento de diferentes prestaciones sociales.

    El Estado como benefactor también cumplió un papel muy importante en la economía de los países en los que se estableció: fue empresario, e intervino activamente en la economía, protegiendo las industrias nacionales. Rasgos que coinciden con el Estado propuesto en la Argentina durante las presidencias de Juan Domingo Perón. Ya que durante esos períodos, el ascenso social y las mejoras en las condiciones de vida y trabajo de los obreros estuvieron acompañadas de un desarrollo y proteccionismo de la industria nacional.

    Los gobiernos que le sucedieron al de Perón no tuvieron las características de éste (otro ejemplo de la ausencia de “políticas de Estado” que perduren en el tiempo), y la trascendencia de los mismos, junto con el ascenso de presidentes como Carlos Saúl Menem -también Peronista, en la década del ´90-, marcaron en la historia de nuestro país el fin del Estado de Bienestar cambiando, otra vez, de paradigma.

    Creemos que no se trata de añorar tiempos mejores, se trata justamente de ponernos a trabajar en los aciertos y errores de nuestra historia a la vista, con esa “memoria viva” a lo que algunos brillantes sofistas les gusta proclamar (y que poco hacen) y sentar las bases de la Nación libre y soberana que llegamos a probar, pusimos en la ley, pero que hoy es nuestra obligación recuperar. ©ALN

    *Colaboración especial de Andrés Almeida para AQUÍ La Noticia.

 

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