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   Miércoles, 22 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 211 - Fecha: 26 de Jun, del 2003
Entre el optimismo y la realidad

Estuve ausente del país desde antes de la asunción de Kirchner y cuando llegué noté en la gente, en el clima que se pulsa en la calle, que estaba en un país distinto, mucho más optimista y esperanzado, como si le hubieran inyectado una nueva energía.

     Tengo que confesar que no entendía lo que pasaba porque son pocas las noticias nacionales que llegaban por la prensa hasta el Perú: La asunción del mando, la inexplicable actitud de la gente para con Fidel Castro, el tope salarial impuesto por el presidente y... paremos de contar. Se nota que, desde nuestra estrepitosa caída económica, dejamos de ocupar en el interés de la prensa latinoamericana el lugar preponderante que teníamos.

    La pregunta obligada de los amigos peruanos había sido “¿Qué les pasó a los argentinos?” y me resultaba muy difícil dar una explicación coherente. Ellos nos consideran un pueblo inteligente, con un alto nivel de educación, y no pueden explicarse cómo no pudimos anticiparnos a los problemas.

    El impacto mayor lo tuvo la noticia del tope salarial que puso el nuevo presidente argentino. Fue ampliamente publicitado por la prensa peruana y comparado con los diez y ocho mil dólares que originalmente cobraba el presidente Toledo y que luego había reducido a doce mil. Algunas manifestaciones callejeras le exigían una nueva rebaja de sueldo que se ajustara al tope establecido por el presidente Kirchner.

    Cuando regresé al país las primeras conversaciones me dejaban asombrado. Me parecía haber dejado a un paciente en terapia intensiva para, al cabo de unos días, hallarlo en plena recuperación con el mejor de los pronósticos. Rápidamente comencé a recoger información en diferentes niveles y comprobé que no me engañaba: Algo parecía haber cambiado.

    Interiormente no pude frenar mi escepticismo, sin duda heredado de mi abuela siciliana que siempre decía que “escoba nueva barre bien”, y me pregunté si ese optimismo estaría asentado sobre bases reales o era simplemente una manifestación de deseos contenidos, de esa necesidad que tenemos de ver una luz en el horizonte. Por eso, a pesar de que la medida del tope salarial me pareció solo un gesto falto de realismo y casi demagógico, me contuve y no hice comentarios porque estamos en los cien días de gracia que debe darse a todo nuevo gobierno para que se estabilice y, después de todo, son humanos y pueden equivocarse.
Pero lo que me volvió a la realidad es el doble crimen de Santiago del Estero, que nuevamente pone en evidencia a la Argentina feudal, manejada por caudillejos rodeados de obsecuentes y con poca o casi ninguna vocación democrática. Me resultaba asombroso observar como se repetían los hechos que tanto nos conmovieron en el caso de María Soledad Morales. Que allí se llamara Saadi y aquí Juárez no tiene ninguna relevancia: son los mismos métodos, los mismos vicios, la misma corrupción, la misma obsecuencia, los mismos miedos, la misma impunidad... demasiadas coincidencias para dejarlas pasar.

    Y recordé que días antes, en un congreso que reunía a representantes de toda Latinoamérica, junto al delegado por Uruguay tuvimos que hacer algunas aclaraciones: Que una cosa es la realidad del Río de la Plata y otra muy distinta la que está a sus espaldas y que mal podíamos hablar de “Argentina” porque no somos un país homogéneo. El Río de la Plata recibió el fuerte influjo de la inmigración, la influencia europea es notable, el iluminismo francés dejó hondas huellas en la forma de pensar y conducirse de la gente. A espaldas está el país colonizado por España, los grandes feudos manejados por caudillos que han sobrevivido desde el siglo diez y nueve y siguen con sus mismas políticas de sometimiento. ¿Cómo se justifica la permanencia de familias enteras que usufructúan el poder por décadas o, como en el caso de Santiago del Estero, por más de medio siglo? Han sabido entretejer la sutil trama de la dependencia para manejarse con una parodia de democracia que les permite perpetuarse en el poder cumpliendo así el sueño de monarcas absolutistas. Mantienen al pueblo en la miseria, viven de la coparticipación federal y no generan desarrollo porque no les conviene: Necesitan tener muchos empleados públicos a los que usan para perpetuarse.

    Ese poder monárquico pasa de padres a hijos o, como en Santiago del Estero, de marido a mujer, y permite que haya una elite que se siente intocable porque maneja a su gusto todos los hilos ocultos de la justicia. Una elite parasitaria, que dispone de mucho dinero – viven de la miseria del pueblo – y mucho tiempo ocioso que les permite llevar una vida licenciosa y degradada. Dinero, droga, sexo, alcohol son moneda corriente que todos conocen, pero que nadie quiere contar. Hasta que sucede lo imprevisible.

    Ante el optimismo que veía en Buenos Aires este hecho de Santiago del Estero me volvió a la realidad. Hasta que estas formas de feudalismo que constituyen una vergüenza para la democracia no se extirpen como tumores malignos en el cuerpo social no podremos pensar en un país de pie y en crecimiento.

    Por eso es muy bueno conservar el optimismo y la esperanza. Pero todavía hay un largo camino para andar.

    Salvador Dellutri

 

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