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   Jueves, 23 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 186 - Fecha: 8 de May, del 2003
La Biblia en la cultura, hoy

Dentro de pocos días los argentinos vamos a tener nuevas autoridades. Cuando llegue el momento de investirlos harán los juramentos de práctica y la mayoría de ellos pondrán la mano sobre un libro y jurarán por lo que está escrito en sus páginas.

     Ese libro es la Biblia y el juramento se hará invocando los Santos Evangelios.

    ¿Por qué justamente ese libro y no otro? ¿Cuál es la importancia que la sociedad occidental le da a ese libro para que ocupe un lugar tan singular?
La Biblia es el libro fundacional de la cultura occidental. Nuestra concepción del mundo, del hombre y de la historia se basa en las enseñanzas de la Biblia. Todos nuestros principios éticos, nuestra fe religiosa y nuestra esperanza trascendente emanan de las páginas de este libro, cuya importancia y singularidad es tal que es imposible concebir el mundo occidental sin su influencia.

    En las enseñanzas de ese libro hemos sido moldeados. Dos culturas, en muchos sentidos antagónicas, convergen en sus páginas: La hebrea y la griega. Para que ambas se sinteticen fue necesario que colisionaran y, en el siglo primero, con la irrupción del cristianismo se originó una nueva concepción del mundo y el hombre sobre la cual se ha desarrollado nuestra cultura.

    Julián Marías se pregunta en que momento de la historia aparece el “hombre occidental”, y se remite a un episodio de la vida del San Pablo relatado en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

    El apóstol está en la ciudad de Filipos y es acusado falsamente a causa de su fe. Los magistrados, haciendo caso omiso de sus derechos, ordenan rasgarles las ropas y azotarlo con varas ante todo el pueblo. Posteriormente lo ponen en el cepo, el lugar de máxima seguridad.
La sanción, demagógica e injusta, logra calmar los ánimos del populacho. Al otro día las autoridades ordenan soltarlo. El carcelero les dice: “Ya pueden irse tranquilos, pues los jueces me ordenaron dejarlos en libertad”.

    La inesperada respuesta de Pablo es “Nosotros somos ciudadanos romanos. Los jueces ordenaron que nos golpearan delante de toda la gente de la ciudad, y nos pusieron en la cárcel, sin averiguar si éramos culpables o inocentes. ¿Y ahora quieren dejarnos ir sin que digamos nada, y sin que nadie se dé cuenta? ¡Pues no! No nos iremos; ¡que vengan a sacarnos ellos mismos!” (Hechos 16.37).

     Injustamente les habían quitado la libertad. Para los funcionarios la forma de reparación era restituírsela. Pero tropezaron con la imprevista actitud de San Pablo.
El Apóstol, nacido y formado en la religión hebrea, educado en la académica ciudad de Tarso de Cilicia y convertido a la fe cristiana, considera que la libertad y la dignidad van unidas, son parte de sus derechos inalienables. Se niega a salir de la cárcel porque solo le devuelven la libertad, y está exigiendo que le restituyan la dignidad y que los funcionarios asuman su responsabilidad. No basta con la libertad si ella es el resultado del derecho vulnerado y la dignidad perdida.

    Ese hombre solo frente al poder, sin apoyo popular, que se levanta para desafiar a la corrupción y exigir justicia y respeto, lo hace porque sabe que cada ser humano es la imagen de Dios y merece ser respetado como tal, y que toda autoridad debe someterse a la ley superior de Dios. Este hombre que une fe y razón en la búsqueda de una libertad digna es el arquetipo del espíritu de occidente.

    Esta concepción del hombre y de la historia que ha regido al mundo occidental se origina y desarrolla desde la Biblia. Por eso decimos que la Biblia es la base sobre la cual se asienta nuestra cultura.
Tenemos que tener esto en cuenta sobre todo hoy, cuando estamos atravesando lo que es, sin duda, la crisis más grande de nuestra historia.
Estamos viviendo algo más que una etapa de cambios progresivos. Estamos experimentando profundas mutaciones en las que los cambios tecnológicos y económicos afectan profundamente la vida social y familiar, modifican nuestras costumbres, alteran nuestro estilo de vida, abren nuevos interrogantes éticos e intentan modificar hasta nuestras concepciones religiosas. Estamos sufriendo como sociedad una mutación tan profunda que han entrado en crisis todos nuestros valores.

    Durante la modernidad todo fue puesto en tela de juicio y sujeto al veredicto inapelable de la razón, a la que se consideró única fuente de autoridad para establecer principios y valores.

    Esta secularización derivó del redescubrimiento durante el Renacimiento del pasado precristiano. Comenzó así un proceso de desacralización de la cultura para colocar al hombre como medida de todas las cosas.

    Esta óptica tuvo su apogeo en los siglos XIX y XX, donde se cuestionó duramente la validez de la fe, se entronizó el pensamiento autónomo y se confió ciegamente en los avances de la ciencia y la técnica.

    Sin embargo, como señala uno de los personajes de Anatole France, “Nada es tan incierto como la eficacia moral de los progresos científicos” y las dos guerras mundiales del siglo pasado fueron fuertes detonantes que dieron por tierra con el optimismo humanista y desencadenaron un proceso nihilista, donde los valores supremos perdieron su valor y nos quedamos huérfanos de metas y respuestas.

    El hombre entró en agonía. Una agonía que lo llevó a pensar la vida como un absurdo y a considerarse un ser intrascendente, confrontado permanentemente con la muerte, cuya existencia, según la definición de Sartre era “una pasión inútil”.
¿Dónde quedaba esa convicción del Apóstol Pablo? ¿Dónde esa energía creativa y esa vitalidad que caracterizó al hombre occidental?
Para llevar a cabo este vaciamiento fue necesario desechar la Biblia, dejar de lado sus principios e ignorarla como base ética.

    Como decía Enrique Santos Discépolo en el siglo XX la Biblia fue a parar al cambalache, al lugar de las cosas inútiles que se ponen en liquidación. Comparte su destino con el sable inutilizado por la falta del remache y con el calefón inservible que seguramente fue reemplazado por algún artefacto de última generación.
Estamos en un mundo donde el materialismo está destrozando al hombre y la cultura, donde los valores están subvertidos. Una sociedad que plasma todos los días aquel lúcido retrato que pintara Discépolo en “Que vachaché” cuando dice:
¿Pero no ves gilito embanderado,
que la razón la tiene el de más guita?
¿Qué la honradez la venden al contado
y a la moral la dan por moneditas?
¿Qué no hay ninguna verdad que se resista
frente a dos pesos moneda nacional?
Vos resultás haciendo el moralista
Un disfazao sin carnaval
.....
¿Qué culpa tengo si has piyao la vida en serio,
pasás de otario, morfás aire y no tenés colchón?
¿Qué vachaché? Hoy ya murió el criterio
vale Jesús lo mismo que el ladrón.

    Esta crisis en los valores es la consecuencia de haber sucumbido al espíritu del humanismo que descalificó a la Biblia, la rechazó como fundamento ético y prefirió lanzarse a la aventura de fabricar una ética situacional que ignorara los Diez Mandamientos dados por Moisés y las enseñanzas de Jesús en el Sermón de la Montaña, sin haberlos analizado ni comprendido.

    Porque el humanismo que siempre ha criticado, y con razón, los fanatismos y fundamentalismos cristianos, también ha tenido sus fanatismos y fundamentalismos que perduran hasta el presente.

    Hace unos años estaba en la Universidad de San Marcos, en Lima. Tenía que dar una conferencia sobre la Biblia y la fe cristiana. El auditorio estaba compuesto por unos quinientos estudiantes marxistas que venían respetuosamente a dar batalla. Comencé hablando de todas las fallas del cristianismo en la historia: Las cruzadas, los tribunales de la Inquisición, el dogmatismo literalista de los protestantes, la justificación teológica de la esclavitud, la pobreza y hasta la violencia. Se sintieron desconcertados cuando les dije que ninguna de estas manifestaciones respondían a la enseñanza del evangelio.
Finalmente les pregunté si ellos eran cristianos. Me contestaron escandalizados que no, que eran marxistas. Entonces les pedí que los que habían leído el evangelio levantaran la mano. Ninguno lo había leído.

    Tuve que hacerles notar que yo no era marxista, pero había leído a Marx y los escritos teóricos de muchos marxistas. Que no descartaba el marxismo por la política estalinista, sino porque no estaba de acuerdo por sus postulados teóricos. Pero que ellos, alumnos de la Universidad más antigua de América eran pésimos intelectuales, porque habían descartado el cristianismo sin haber estudiado las propuestas en su misma fuente.

    Esos muchachos eran, tal vez sin saberlo, fundamentalistas del humanismo.
Este fundamentalismo, muchas veces sin darnos cuenta, sigue ejerciendo su influencia. Estamos en la vigésimo novena feria del libro y tenemos que agradecer a los organizadores de esta Feria por su amplitud de criterio y su esfuerzo en la organización. Pero hay algo que nos llama la atención. La Biblia es el libro más importante de nuestra cultura, el más difundido, el más traducido y vendido en el mundo. ¿Cómo se explica que ninguna de las veintinueve ferias del libro de Buenos Aires se haya dedicado a la Biblia, el libro más importante del mundo occidental? Creemos que esta omisión debe repararse.

    Pero lo que más tiene que entristecernos es que la Biblia, no como libro, sino como guía de vida y fundamento de esperanza se halla ausente de nuestra vida y en nuestra cultura.

    ESTA NOTA CONTINUARÁ
SALVADOR DELLUTRI

 

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