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   Domingo, 19 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 1445 - Fecha: 4 de Feb, del 2009
Salvajes en la costa

La violencia juvenil desatada en la costa, que ya se ha cobrado varias vidas, no tendría que asombrarnos. Son las mismas manifestaciones de salvajismo presentes todos los fines de semana a la salida de las discotecas. Estos cuadros se repetirán e irán en aumento si no actuamos a tiempo sobre las causas.

     Hace mucho que venimos señalando la necesidad de tomar urgentes medidas que tiendan a fortalecer la familia. No podemos seguir desconociendo la importancia que esta institución tiene en la formación y el desarrollo emocional y espiritual del individuo. Hemos olvidado que, como señalara Tomás de Aquino ya en el siglo XIII, la familia es el útero espiritual de la sociedad.

    Hoy tenemos un grave problema con la juventud, lo que significa que estamos hipotecando nuestro futuro. La droga, el alcohol, la promiscuidad sexual y la violencia son flagelos que siguen haciendo estragos entre los jóvenes. La mayoría de ellos son de clase media, gozan de un buen nivel de vida, concurren a colegios privados y sus padres tratan de satisfacer todos sus gustos. Pero tienen un problema grave, han sido abortados emocionalmente, el útero familiar no cumplió con su función madurativa y los expulsó antes de tiempo.

    La función de la familia no termina con la procreación, debe acompañar y facilitar los medios que produzcan la maduración del individuo, inculcando valores, socializando y disciplinando. Ésta labor es irrenunciable, no puede delegarse en maestros o centros educativos. Las figuras paterna y materna tienen un peso especial y único en la formación de la personalidad y si están ausentes nadie puede reemplazarlas.

    Pero para cumplir cabalmente la función familia hay que asumir el compromiso con seriedad, invertir tiempo, postergar metas y renunciar a determinadas lujos. Para la sociedad capitalista, que envuelve a los hombres en una vorágine competitiva, el hijo comienza siendo bienvenido pero se transforma rápidamente en una incomodidad de la que hay que desembarazarse, porque se corre el peligro de bajar de estatus. Entonces los envían desde la edad más temprana a guarderías y luego a escuelas privadas, de ser posible con doble escolaridad.

    La sociedad ha fabricado algunos eslogans, funcionales a sus objetivos, que pretenden calmar la conciencia de los padres. Los escuchamos a diario: “A mis hijos le doy calidad y no cantidad de tiempo” o “Lo mando a un colegio donde está bien estimulado”. La educación de los hijos necesita calidad, pero también cantidad de tiempo; los padres deben tener contacto diario, interiorizarse de sus problemas, analizar sus reacciones, corregir sus defectos, disciplinarlos, atender a sus necesidades emocionales, enseñarles a respetar, transmitirles valores, socializarlos. Es una tarea que demanda no solo “calidad”, sino también “cantidad” de tiempo. En cuanto a la estimulación, Jaime Barylko decía que “estimular” es la palabra de moda, todos tratan de estimular al niño, pero estimular es llenarlos de nada, crear habilidades sin contenido.

    Esta falta de conciencia acerca de la función de la familia afectó también a la educación. La mayoría de estos jóvenes violentos concurren a centros educativos privados, donde sus padres y hasta los directivos los hacen sentir “clientes”. Cuando el joven tiene algún problema de conducta le recuerdan al docente que no quieren perder al “cliente” y los padres presionan porque sienten – al más puro estilo capitalista – que quien paga está en condiciones de exigir porque tiene “la sartén por el mango”. Cuando los padres son convocados por los docentes para señalarles los problemas de conducta de los hijos sienten que los están estorbando. Más de un padre le ha hecho notar al maestro su descontento porque le está haciendo perder horas de trabajo. Pagan para que la escuela solucione todos los problemas y cuando les demandan que asuman sus responsabilidades creen que la empresa educativa no está cumpliendo con eficiencia su trabajo.

    Esto adolescentes cada sábado se reúnen para “la previa” en alguna casa familiar. Los padres saben que se están alcoholizando, pero están resignados porque “todos los hacen”. A las dos de la madrugada entrarán en la discoteca, mientras sus padres se van a dormir tranquilos porque “mi hijo es un buen chico”. Regresarán al hogar a las ocho o nueve de la mañana en un estado calamitoso, pero los padres mirarán para otro lado porque “ya son grandes”. Cuando llega la época vacacional, como los padres estorban, se irán solos a la costa y los justificarán diciendo “están en su derecho”. Los resultados están a la vista. Jóvenes indisciplinados, agresivos, sin valores, sin respeto por el prójimo y con un total desprecio por la vida propia y ajena que los convierte fácilmente en asesinos. Pequeños salvajes victimas de padres imbéciles que ayer los abortaron emocionalmente, hoy miran para otro lado y mañana, como el Dr. Frankestein, serán las víctimas de los monstruos que crearon.

    Salvador Dellutri

 

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