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   Jueves, 23 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 1433 - Fecha: 13 de Ene, del 2009
Que la paz sea posible

El conflicto entre Israelíes y Palestinos es demasiado complejo como para tener la soberbia de intentar explicarlo en un artículo periodístico. Aún los especialistas se ven en figurillas cuanto tratan de comprender sus infinitas ramificaciones históricas. También resultaría irrelevante querer dar la razón a una u otra parte porque la urgente necesidad no es proclamar vencedores sino aportar para que se construya una paz consensuada y duradera. Sin embargo me voy a permitir algunas reflexiones.

     Hace algunos años visitaba Hebrón, una histórica ciudad situada al sur de Israel, en plena zona de conflicto. Fuimos para visitar la tumba de Abraham, el padre de las tres religiones monoteístas: judía, musulmana y cristiana. El lugar estaba fuertemente custodiado por el ejército Israelí y, por diferentes lugares, ingresaban árabes y judíos. Las tumbas de Abraham y los demás patriarcas estaban dentro de un edificio al que no había acceso, pero el interior era visible a través de ventanas enrejadas. Sobre el lado derecho, por esas ventanas, se asomaban los árabes y sobre el izquierdo, los judíos. El lugar era venerado por ambos pueblos que reconocían el tronco común, pero también sus evidentes diferencias.

    Abraham vivió hace 4000 años y su esposa Sara era estéril, por lo cual, como cabeza de clan, no tenía sucesor. Siguiendo las costumbres tribales de la región, por sugerencia de su esposa, tomó a una de sus siervas y tuvo un hijo con ella: Ismael, quien se constituyó en su heredero. Pero sucedió lo imprevisto, Sara quedó embarazada y nació Isaac. Se produjo entonces una previsible contienda entre los dos hijos por el gobierno y la herencia del clan: Ismael reclamaba por ser el hijo primogénito e Isaac por ser el hijo legítimo. Los árabes se reconocen como descendientes de Ismael y los hebreos de Isaac. Hace cuatro milenios ya estaba instalada la contienda en el seno de la familia del Patriarca y a través del tiempo tuvo infinitas alternativas.

    Pero, contra lo que se puede suponer, no todo fue beligerancia. En la historia queda un testimonio, que a la luz del presente parece increíble, de convivencia entre judíos y musulmanes. Fue en la península ibérica donde desde el Siglo VIII hasta el siglo XV, tiempo que duró la dominación musulmana en España, convivieron y florecieron las dos culturas.

    La relación comenzó con la llegada de los musulmanes. Los judíos, instalados en la región, sufrían la opresión de los visigodos y celebraron la invasión musulmana porque según las normas coránicas respetaban a los pueblos monoteístas. Dio comienzo así el florecimiento en Al-Ándalus (la España musulmana, llamada por los judíos Sefarad) de una cultura judeomusulmana que se prolongó durante ocho siglos. Conformaron una sociedad pluralista en las que los dos pueblos, manteniendo su identidad, colaboraban y se influenciaban mutuamente. Los árabes respetaban a los judíos porque eran “el pueblo del libro” - la Biblia hebrea – y los invitaron a sumar sus capacidades en la administración, el comercio, la ciencia y la filosofía.

    Granada había sido habitada por los judíos desde el tiempo de los romanos por lo tanto los invasores les confiaron la vigilancia de la ciudad. En el año 863 el emir de Córdoba, Muhammad I, convocó un congreso para profundizar la convivencia entre judíos, musulmanes y cristianos. Los musulmanes admiraban la erudición de los judíos sobre los orígenes del universo y la prédica de los profetas; por su parte los judíos adoptaron el árabe como lengua y ofrecieron su colaboración para la buena marcha del gobierno. No puede decirse que no tuvieron dificultades, pero ninguna resultó insalvable.

    Durante los siglos X y XI la cultura judía europea alcanzó su máximo esplendor en convivencia con la cultura musulmana. Maimónides, el más grande pensador judío de la Edad Media, fue médico personal y protegido del sultán Saladino; y el califa Abderrahmán III tuvo como primer ministro y médico personal al judío Hasday.

    Las dificultades presentes tienen mucha relación con la importancia religiosa que tiene el territorio que quieren ocupar Israelíes y Palestinos. Esa es la tierra ligada a la historia de Abraham. Sobre el monte donde el Patriarca ofreció a su hijo Isaac a Dios se levantó antaño el Templo de Jerusalén, edificado por el rey Salomón, en la época dorada del antiguo Israel. Hoy ese lugar está ocupado por la mezquita de Omar porque según los musulmanes sobre la cima del monte apoyó su pie Mahoma cuando ascendió al cielo. Los judíos ortodoxos quieren construir nuevamente el Templo, pero según lo establecido solo puede hacerse en ese lugar. ¿Cómo compatibilizar intereses y sentimientos religiosos tan opuestos?

    La ciudad vieja de Jerusalén, hoy bajo el control de los judíos, vive en constante tensión. El muro occidental que sostiene la explanada del antiguo templo judío es hoy el Muro de los Lamentos, lugar de oración del pueblo judío; pero sobre la explanada se encuentra la Mezquita de Omar con su cúpula de oro y la Mezquita de Al- Aksa, la más antigua de la región. ¿Cómo solucionar el conflicto donde los intereses políticos y los sentimientos religiosos se confunden?

    Ambos pueblos tienen un tronco común, pero vueltos a la geografía que les dio origen se reavivaron las viejas reyertas. El fenómeno trasciende lo político, va más allá de los nacionalismos, es un conflicto que tiene profundas raíces religiosas. Y las guerras motorizadas por los fundamentalismos religiosos son las más sangrientas de la historia.

    Nadie debería tomar partido por uno y otro bando. La historia es muy compleja y cada uno tiene sus razones, todas son atendibles, todas deben ser negociables. Pero todos tenemos que abogar por la paz. ¡Qué el Dios de Abraham ponga paz en el corazón de los beligerantes!

    Salvador Dellutri

 

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