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   Jueves, 23 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 1428 - Fecha: 6 de Ene, del 2009
La oligarquía política

___Miré los muros de la patria mía, _______Si un tiempo fuertes, ya _______________desmoronados. _____FRANCISCO DE QUEVEDO

     Terence White, autor entre otras obras de una saga sobre el Rey Arturo que comienza con “La Espada en la Piedra”, en el ocaso de su vida escribió “El libro de Merlín”. El título puede llamarnos a confusión, por lo que conviene aclarar que no es una obra dedicada al público infantil; White sitúa al mago Merlín y al rey Arturo más allá del tiempo y juntos echan un vistazo a la sociedad y a la eterna lucha del hombre por la justicia.

    Merlín descarnadamente reflexiona: Actualmente la raza humana se divide, desde el punto de vista político, de la siguiente forma: de cada cien hombres hay uno que es sabio, nueve bribones y noventa tontos. Es un cálculo optimista. Los nueve bribones se reúnen bajo el estandarte del más bribón de todos ellos y se convierten en políticos. El sabio se queda a un lado porque sabe que está en una desesperada inferioridad numérica y se dedica a la poesía, las matemáticas o la filosofía. Los noventa tontos, por su parte, avanzan pesadamente tras los estandartes de los nueve bribones que según las modas, los conducen a los laberintos de la superchería, la malicia y la guerra… Con la democracia, los nueve bribones se convierten en diputados; con el fascismo, se hacen líderes del partido; y con el comunismos, comisarios. Lo único que cambia es el nombre. Los tontos seguirán siendo tontos, los bribones seguirán siendo líderes, y siempre se producirá el mismo resultado: la explotación.

    White advierte que, bajo cualquier régimen, siempre gobierna una oligarquía. En nuestro caso particular, a pesar de las continuas apelaciones a la palabra democracia y el discurso constante contra las oligarquías, el país está manejado por una oligarquía política. Esto no lo admitirán nunca los protagonistas porque va contra sus intereses y, como defensa, tratarán de disimular esa condición utilizando el mote de oligarcas para apostrofar a algún grupo que no se somete a sus criterios.

    Es interesante el cambio que se produjo en el Diccionario de la Real Academia en la definición del término “oligarquía”. Mientras que en el pasado se entendía por oligarquía a la “forma de gobierno en la cual el poder supremo es ejercido por un reducido grupo de personas que pertenecen a una misma clase social” (vigésimo segunda edición) en la edición más moderna (vigésimo tercera edición) se quita el tema de la clase social para definirla como la “forma de gobierno en la cual el poder es ejercido por un grupo de personas que se aúnan para mantener o aumentar sus privilegios.” Definición que cae como anillo al dedo para nuestra corporación política.

    Coincidentemente las ciencias políticas definen a la oligarquía como el gobierno en que el poder supremo está en manos de unas pocas personas; realidad fácilmente comprobable si se analizan los últimos veinticinco años de “democracia”. Hemos visto desfilar las mismas caras, los mismos personajes una y otra vez, con diferentes disfraces, ocupando alternativamente el centro de la escena para repetir los mismos discursos y pronunciar con solemnidad las mismas palabras huecas, pero altisonantes, que engolosinan el oído pero embotan la inteligencia. Para nuestros políticos el único objetivo es alcanzar el poder y, consecuentemente, todo su esfuerzo y preocupación apunta a ganar las próximas elecciones. En esa lucha desenfrenada poco importan, como antaño, las ideas y convicciones; cambian sus camisetas partidarias sin ningún pudor cuando creen que eso les facilitará un ascenso más rápido.

    Los mismos legisladores que ayer votaron las privatizaciones, adhirieron al capitalismo y vivaron el libre mercado, son los que hoy, sin siquiera sonrojarse, levantan la mano a favor de la estatización. Se llenan la boca hablando de democracia, la exaltan como los hinduistas lo hacen con las vacas sagradas, pero en las internas partidarias, para determinar la fórmula de candidatos a la presidencia, no utilizan procesos democráticos: todo se negocia dentro de una pequeña cofradía y se presenta cocinado a la ciudadanía. En veinticinco años de democracia no hemos podido eliminar las listas sábanas, siempre encabezadas por algún nombre todavía “presentable” seguido de una caterva de impresentables que, huérfanos de ideas y capacidad, actuarán en el Congreso como “levanta manos”.

    Esta oligarquía política gobernante, a la manera de los antiguos señores feudales, se muestran magnánima con la creciente masa de pobres, otorgándoles periódicamente dádivas para ganar su voluntad. Lo que es un derecho lo transforman en una favor que debe ser agradecido con la sumisión; así es como hicieron crecer desmesuradamente el asistencialismo. Este perverso proceso de destrucción de la cultura del trabajo es funcional a la oligarquía política. El trabajo dignifica a la persona, la valoriza ante sí misma y ante la sociedad, la hace consciente de sus derechos; el asistencialismo la desvaloriza, convierte al hombre en mendicante, lo esclaviza al gobernante de turno, lo somete a los caprichos de la oligarquía política, lo transforma en un rehén de la corporación.

    Pero las oligarquías se sostienen porque, como dice White, hay una masa de tontos a los que manejan con frases hechas, consignas huecas y fanatismos ciegos. Tontos que a veces parecen reaccionar, tomar conciencia de su dependencia, y entonces gritan la consigna “que se vayan todos”; pero luego, pasada la momentánea exaltación, vuelven a la sumisión. Tontos a los que les hacen creer que eligen y gobiernan, cuando en realidad son digitados y gobernados. Tontos que creen que están representados, cuando en realidad sus “representantes” se representan a sí mismos y al poder de turno.

    La oligarquía política argentina se maneja hoy como si fuera una compañía teatral: en el escenario crean al personaje, vuelcan los enconos, simulan los enfrentamientos, declaman sus ideales. Pero la verdad está entre bambalinas donde se negocian privilegios, se intercambian espacios de poder y se compran voluntades. Todos forman una cofradía que defiende sus derechos de clase. Eso les permite a muchos de ellos amasar increíbles fortunas y vivir en forma versallesca mientras una gran masa se va empobreciendo.

    Como dice White: Los tontos seguirán siendo tontos, los bribones seguirán siendo líderes, y siempre se producirá el mismo resultado: la explotación.

    Salvador Dellutri

 

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