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   Miércoles, 22 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 1409 - Fecha: 2 de Dic, del 2008
HACIA UNA DEMOCRACIA SINDICAL

Cuenta una vieja historia que un militante sindical anarquista de principios del siglo XX, a quien unas monjas tuvieron que alimentar porque se había desmayado de hambre, le encontraron mucho dinero en sus bolsillos, le preguntaron por que no lo usó para comer. El hombre contó que tuvo que resolver un problema familiar muy urgente que lo llevó fuera de la ciudad, en eso pasó el tiempo y gastó todo su dinero. “Pero éste no podía tocarlo, es del sindicato” concluyó.

     Esta historia refleja una época en que ciertas cosas resultaban inadmisibles, porque de manera espontánea o impuesta, la sociedad apuntaba en una dirección ética y moral. Un tiempo en que los empresarios o políticos que cometían delitos económicos eran separados del círculo social y algunos llegaban a suicidarse. Eran tiempos en los que se rendía culto a la virtud.

     Los tiempos han cambiado. Desde hace décadas se convive con una casta de dirigentes sindicales que no representan a los trabajadores, se han transformado en una corporación mafiosa que negocia con el poder económico y político la suerte de sus representados, enriqueciéndose a su costa y haciendo ostentación de una riqueza mal habida. No faltan, para justificar sus actitudes delictivas amagues, forcejeos, vehementes indignaciones y hasta chantajes al poder económico y político. Pero el resultado final siempre deviene en el empobrecimiento de sus representados.

     Nuevamente aumenta la desocupación. Muchos que aún continúan trabajando arañan la supervivencia en condiciones de extrema precariedad y explotación, son rehenes de una negociación que se halla en manos de sus dirigentes. Mientras tanto los desocupados no tienen representación alguna y con una asignación de 150 pesos mensuales, que reciben del Estado, deben vivir. La estructura sindical considera haber cumplido con su misión, sin importarles que ante esta ínfima suma que reciben caigan tarde o temprano en la delincuencia En tanto los líderes sindicales que desde hace más de una década continúan apoltronados en sus puestos forman una verdadera casta, herencia de la burocracia sindical de los años setenta.

     Durante el gobierno de Menem se recurrió a la distribución de incentivos para captar a los dirigentes. En momentos que los quebrantos financieros afectaban a algunos sindicatos y obras sociales, se puso a dirigentes frente al organismo recaudador de los fondos de obras sociales. Se distribuyeron posiciones de poder entre dirigentes de gremios en la administración pública, asignándoles apreciables recursos para pagar indemnizaciones, retiros voluntarios, etc. En las privatizaciones, se los incorporó a los procesos de negociación, como fue el caso de los Programas de Propiedad Participativa, así se logró que varios sindicatos desistieran de confrontar y optaran por la colaboración asegurando su supervivencia.

     La relación entre el justicialismo y el movimiento obrero tiene más de sesenta años. Comenzó en el año 1943, con la llegada de Juan Domingo Perón a la Secretaría de Trabajo y Previsión, tras un golpe de Estado de corte nacionalista. El movimiento obrero fue intervenido, se disolvió la primitiva CGT integrada por socialista y comunistas, creando una nueva, que fue liderada por corrientes socialistas y sindicalistas. Este acuerdo fue posible en base a la política implementada por esa Secretaría que creaba una legislación laboral que incluía aumentos de salarios, firma de convenios colectivos de trabajo, indemnizaciones, aguinaldo, etc.

     Desde el poder Perón gestionó un inaudito crecimiento del gremialismo. Como consecuencia el laborismo fue disuelto y el movimiento obrero perdió su autonomía, quedando supeditado al Estado. Una forma burocrática y corrupta, pasó a detener el accionar independiente de los trabajadores.

     En las dos últimas décadas no faltaron intentos de retomar el sindicalismo para alejarlo del Estado, pero siempre fueron quebrados o aislados. El movimiento obrero siguió siempre dominado por una burocracia peronista corrupta y mafiosa. La violencia de los aparatos empleados para dirimir pleitos, disputar botines económicos y políticos, son el resultado de esta concepción.

     Hoy los sindicalistas se consideran víctimas de una emboscada del gobierno. En la CGT se respira una atmósfera dramática a raíz del fallo de la Corte Suprema que autoriza, a cualquier candidato o delegado de una empresa a poder presentarse a elecciones sin la obligación de pertenecer a una asociación con personería gremial. Se plantea ante esta actitud una nueva incógnita sobre el quehacer de un gobierno que tiene a la CGT como su columna vertebral.

     Guillermo César Vadillo

 

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