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   Domingo, 19 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 1398 - Fecha: 17 de Nov, del 2008
Recorriendo San Miguel

Acabo de llegar de los Estados Unidos. Soy consciente que no se pueden hacer comparaciones sobre organización y educación entre el primer mundo y nuestro país. Pertenecemos al tercer mundo y tenemos que conformarnos. Pero la distancia otorga perspectiva, permite ver con mayor claridad.

     Mis primeras recorridas por San Miguel no podían ser más frustrantes y quiero compartir lo que causa mi desazón. Estaba conduciendo por la Avenida Presidente Perón y llegue a la intersección con la antigua Av. Mitre, la esquina más concurrida y conflictiva de la ciudad, en dirección a José C. Paz. Un automóvil que venía delante se detuvo y, a pesar de tener semáforo verde, esperó la luz amarilla para doblar en flagrante contravención hacia la izquierda, poniendo en riesgo la vida de los peatones y a los automóviles que venían en sentido contrario. No había ningún policía de tránsito que lo sancionara por su desprecio a la ley y su irresponsabilidad. En la semana vi realizar la misma maniobra cuatro veces, demostrando que la impunidad crea hábitos.

    La intersección de Presidente Perón y Argüero es otra esquina conflictiva en los horarios de entrada y salida de alumnos; cruzarla, a pesar del semáforo que funciona religiosamente, es como jugar a la ruleta rusa. Tengo la impresión que la única infracción de tránsito que se sanciona es la que está relacionada con los parquímetros.

    A esto hay que sumarle la polución que produce el transporte público, ya obsoleto, que a través de sus caños de escape enturbian el aire con densas nubes de monóxido de carbono atentando contra la salud de todos. En algunos casos se puede comprobar por el ruido, que el sistema de frenos no está en condiciones y a pesar de ello transportan muchos más pasajeros de lo permitido, como si fueran ganado.

    Por las principales arterias circulan vehículos en condiciones precarias, que no tienen patente, no cumplen con el requisito del seguro obligatorio contra terceros y hace años que no pasan por la revisión técnica. A pesar de ello circulan por la ciudad generando riesgos innecesarios.

    La vía pública, arteria por donde transitan los peatones, ha dejado de serlo. Los puestos de vendedores “ambulantes” – que no ambulan, sino que están establecidos - entorpecen el tránsito peatonal en las zonas de mayor congestión, obligando a transitar por la calzada, con los riesgos que esto conlleva. En muchos de estos puestos callejeros se venden alimentos de fabricación casera, que no tienen ningún tipo de control bromatológico, y están expuestos al rayo del sol. Otros productos alimenticios se elaboran en el mismo lugar de venta, a la intemperie y en condiciones higiénicas deplorables. En otros es evidente que la mercadería que se ofrece es ilegal, pero se exhibe con total impunidad. Tampoco en esto hay control municipal.

    La mayoría de las tragedias en nuestro país no son fruto de la casualidad, sino la consecuencia de falta de controles y corrupción. Si queremos evitarlas es imprescindible, ejerciendo legítimamente la autoridad, controlar y sancionar.

    A pesar de los reclamos de muchos vecinos se sigue con la construcción irracional de edificios monumentales, aunque la infraestructura de la ciudad no está preparada para este crecimiento y al borde del colapso. Se edifica indiscriminadamente y los arquitectos, atentos a la voracidad de las empresas constructoras, desarrollan proyectos sin considerar el entorno ni el perjuicio que significa para el vecindario. A diferencia de las grandes ciudades que reglamentan para que este tipo de edificios se construyan en zonas periféricas para ayudar a la descentralización, aquí todo se concentra en el micro centro. No se tiene en cuenta los daños que produce a los vecinos ni las consecuencias futuras.

    Una ciudad, como un organismo, necesita desarrollarse y funcionar armónicamente. Para eso precisa el concurso de profesionales aptos, que no tengan compromisos económicos con las empresas, para prestar asesoría imparcial a los concejales sobre las normas y reglamentos necesarios para evitar que crezca el caos.

    La información que recibo de los periódicos locales hablan de reuniones políticas y luchas internas del partido que hoy gobierna. Como vecino no me interesan las luchas internas por el poder que puedan tener las diferentes fracciones locales. Cuando emití mi voto lo hice, como tantos otros ciudadanos, para que el esfuerzo de quienes se postularon se pusiera al servicio de la ciudad y no de las luchas intestinas.

    Lamentablemente tengo la sensación de que se está gastando demasiado esfuerzo en luchas internas y se olvida lo principal.
Con todo respeto, porque hace cincuenta años que vivo en esta ciudad, conozco a su gente y siempre sentí que este era mi lugar en el mundo, les pido a quienes corresponda – utilizando una expresión gráfica que usan los muchachos – “pónganse las pilas”.

    Salvador Dellutri

 

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