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   Jueves, 23 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 1376 - Fecha: 15 de Oct, del 2008
Tormenta en Wall Street

Dentro de pocos días los norteamericanos tendrán que elegir un nuevo presidente, pero quien camine por las calles de Nueva York, escuche las conversaciones o lea los titulares de los principales diarios notará, aunque resulte increíble, que las elecciones han pasado a un segundo plano y el tema excluyente es la marcha de la economía. Todos están pendientes de las cifras que arrojan los tableros de Wall Street y las malas noticias de la semana pasada generaron cada vez más inquietud.

     El “rescate” recientemente votado por el parlamento dividió las opiniones: mientras unos sostienen que los políticos favorecieron a los buitres culpables de este desastre, otros, que no liberan de culpa a los financistas, creen que el rescate era necesario para evitar mayores males y hay que aceptarlo aunque sea a regañadientes. Pero esto no ha impedido que las propiedades se devaluaran más del 25%, muchas casas estén en venta y otras sean abandonadas por sus moradores porque saben que les resultará imposible levantar las hipotecas.

    El mayor problema lo tienen los inmigrantes, sobre todo los que están residiendo ilegalmente, porque la mayoría trabajaba en la construcción y quedó sin empleo. En varias esquinas de Queens, Brooklyn y el Bronx se juntan jornaleros a esperar que algún pequeño empresario necesitado de mano de obra los contrate por un día. Cuando un automóvil se detiene lo rodea un enjambre de desocupados que ofrecen sus servicios y anhelan ser los elegidos. Pero tienen una ventaja importante, porque emigraron de países del tercer mundo, están acostumbrados a atravesar crisis económicas y se encuentran mejor preparados para soportar este momento. Los nativos, por el contrario, no tienen experiencia en crisis económicas, la última data de 1929 y la consideraban una página negra de la historia que no volvería a repetirse.

    El fenómeno es mucho más complejo de lo que aparenta y trasciende el problema económico. Los norteamericanos siempre aceptaron los postulados del liberalismo con unción religiosa y sinceramente creían que el capitalismo era el camino económico por excelencia. El progreso material, que los colocó a la vanguardia del mundo, los atribuían a su adhesión incondicional al libre mercado y veían como un sacrilegio la intervención estatal. Cuando Republicanos y Demócratas dejaron sus antagonismos de lado y se unieron para votar el rescate, muchos sintieron que se cometía una herejía y miraron con recelo a sus representantes. Finalmente tuvieron que aceptar la triste realidad de que estaban equivocados y el sistema que habían creído perfecto e invulnerable tenía sus fallas.

    Esta crisis tiene dos características importantes. En primer lugar es la primera crisis económica global y ningún país puede situarse al margen del problema; todos serán afectados. Pero además con esta estrepitosa caída del mercado se derrumba el mito de las ideologías que presidieron al mundo occidental durante el siglo pasado. Tanto el marxismo como el liberalismo han mostrado su ineficacia para lograr sus objetivos. Esto no significa que se acabó el capitalismo, como la caída del muro de Berlín no significó el fin del comunismo, pero les quitó a las ideologías su carácter religioso, su halo de infalibilidad y las ubicó como lo que son: teorías de factura humana imperfectas y falibles. Se acabó la soberbia de quienes creyeron haber encontrado en ellas la piedra filosofal; estrepitosamente tuvieron que enfrentar la amarga realidad de que todos los sistemas están implementados por hombres quienes le ponen su cuota de imperfección y corrupción.

    La pérdida de la confianza generó pánico y las bolsas cayeron más allá de lo razonable. Un asesor financiero de Wall Street vaticinaba que el pánico duraría todavía algunos días más, pero la turbulencia se prolongaría hasta Navidad. En este momento han caído las acciones de compañías solventes, que tienen bases muy sólidas, pero el pánico no hizo distingos y sus acciones cayeron a la par de las otras. Seguramente los operadores más hábiles están comprando a bajo precio acciones de empresas fuertes y cuando el mercado se normalice harán una notable diferencia. La estampida no solo generará nuevos pobres sino también nuevos ricos.

    Salvador Dellutri

 

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