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Opinión 
Edición: 1369 - Fecha: 2 de Oct, del 2008
EL POPULISMO, INCORREGIBLE TRAGEDIA

En la política Argentina se ha generalizado la idea que un partido es más popular cuanto más populistas sean sus propuestas. Si bien estos términos son similares, sus significados son distintos: “popular” indica pertenecer al pueblo, mientras que “populismo” es una fusión ideológica entre nacionalismo y fascismo, se nutre de tradiciones que se remontan al tiempo colonial.

     Desde comienzos del siglo XX se ha introducido con gran fuerza en la política nacional. Existió populismo conservador, radical y peronista, este último llegó más lejos que los otros. Con su líder y fundador muerto hace más de un cuarto de siglo aún se halla vigente en busca de una versión auténtica y renovadora.

    En otros tiempos la Argentina fue reconocida a nivel mundial por sus características económicas e intelectuales. Hoy es la muestra del daño que ha producido el populismo que con sus múltiples trampas distorsionó el recto camino.

Manipuló al pueblo para satisfacer a los gobiernos de turno y a sus fieles, bajo esta forma el pueblo no es servido sino enajenado cayendo en los influjos de quien simula amarlo y se sacrifica por su felicidad. Lo transforma así en un rebaño al que conduce y alimenta, para más tarde destruirlo. En busca de su dominio emplea el asistencialismo clientelista, al que suele defenderse con fundamentos que parecen racionales, pero su empleo permanente es negativo para la sociedad.

    El asistencialismo genera dependencia, arrastra a los sectores necesitados hacia una postura infantil y demandante. Los gobiernos que se sirven de él no buscan la madurez, autonomía y bienestar del pueblo, ni quieren que se desprendan de su protección. No buscan su prosperidad, sino que subsistan dócilmente, infunden la mediocridad y buscan su complicidad, lo quieren permanentemente agradecido, irracional y miserable.

    El populismo fue inventado por Napoleón III en el siglo XIX, conmovió a un pueblo hambreado hasta lograr gran fidelidad y de esta forma desvió su rebelión hasta el sometimiento político. No lo aplicó para mejorar la vida de los franceses, sino para conseguir que lo respaldaran a él y a su corte, de ahí proviene la palabra bonapartismo. Más tarde esta técnica fue empleada por Mussolini, Hitler y muchos otros personajes, que la perfeccionaron y movieron a las masas con una mentira revolucionaria. Este concepto se extiende también a los fundamentalistas religiosos que con esas técnicas captan a millones de seres.

    Cuando el populismo se halla asentado en el Estado, conforma el instrumento más poderoso para sobornar a la población y mantenerla enajenada. No busca construir un Estado ágil, eficiente y justo, sino hipertrófico, lleno de punteros políticos y votantes cautivos, que canalicen la corrupción permitiendo el enriquecimiento de los funcionarios leales que controlan la oposición en la búsqueda de los trastornos que pueden ocasionar.

     Los gobiernos que implementan esta técnica muy común en Latinoamérica y en ciertos países del mundo, buscan una sociedad sin contradicciones, disenso y pluralidad, todo debe confluir en la figura del gobernante, que solo busca ser hegemónico, odia la competencia y la crítica. El populismo niega la democracia, la soporta, pero se esmera en sojuzgarla con una imaginación tramposa, vive en una permanente hipocresía a través de un doble discurso. Nunca pierde de vista que el pueblo debe ser objeto de constante seducción para ello emplea a través de los medios una asfixiante propaganda.

     Simula ser revolucionario, atrapando así la pasión de los jóvenes, que caen dentro de sus malabares ideológicos, siempre ambiguos y cambiables, pero sus pretendidas transformaciones nunca llegan. El pueblo se debe al líder y el líder aparenta ser deudor del pueblo.

     En todas las instancias en la que el populismo imperó en la Argentina, que se hizo fuerte a mediados de la década del cuarenta se inyectó la pereza del pensamiento, desapareció la actividad crítica y se oscureció la visión. Siempre culpó de todo a los intereses foráneos, con quejas que nunca llegaron a nada. Introdujo el concepto de que los graves problemas nacionales que suceden y sucedieron son responsabilidad del FMI, del Banco Mundial, las empresas extranjeras, el imperialismo, la sinarquía internacional, etc., producto de la envidia que nos tienen. Impulso la idea de que somos víctimas de los países desarrollados y que nada podemos hacer para superar esta asfixiante tragedia.

     La educación popular también ha sido alcanzada por el populismo, se la ha vaciado de contenidos, solo se busca agradar y satisfacer a corto plazo, impera el facilismo, la recurrencia de discursos demagógicos, la irresponsabilidad por los resultados, la simplificación de las situaciones complejas. A diferencia de la educación popular, la populista no busca transformar una sociedad, su estructura y relaciones, sino todo lo contrario. La educación populista no da, quita educación a cambio de concesiones que buscan preservar el poder y la hegemonía política de una dirigencia que solo busca su interés.

     Como resultado, hemos llegado al punto donde el cuerpo político no posee suficiente inmunidad contra el populismo, que solo lleva a que el sigamos cayendo en el odio como recurso político y la hipocresía como alternativa a la verdad.

La esperanza de la Argentina está en la instauración de regímenes que aspiren a una popularidad sin populismo; gobiernos que encuentren vías responsables y prácticas para el desarrollo y la felicidad del pueblo. En busca de este propósito resulta esencial que la política recupere su valoración entre aquellos que tienen la oportunidad de forjar un futuro para la Nación.

    Guillermo César Vadillo

 

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