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   Jueves, 23 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 1362 - Fecha: 24 de Sep, del 2008
BAILANDO POR UN SUEÑO

Los programas de televisión son cada vez más torpes, marcados de exhibicionismo, grosería y mal gusto. Han perdido los límites, causando un deterioro creciente en la audiencia. Estas carencias parece no preocupar a muchos, este problema no mueve a los organismos que la deben controlar. No existe una conciencia de la perdida de la calidad moral que es en esencia un valor de gran importancia en la formación de las generaciones presentes y futuras.

     Empresarios del espectáculo televisivo desprovistos del menor rastro de pudor y vergüenza, noche tras noche, buscan incrementar su audiencia a cualquier precio, se puede citar como ejemplo el programa que conduce Marcelo Tinelli por Canal 13, que en busca del aumento de su ranking, podría llegar a presentar en la pantalla contenidos sexuales cada vez de más insólitos.

     Las situaciones que se presentan en este programa televisivo como en muchos otros buscan mostrar a la mujer como un objeto excitante. El uso escandaloso del “caño”, burdo y no demasiado imaginativo como elemento coreográfico, conjuntamente con el “strip dance” marcan las distintas etapas que se acercan al fin de la meta previsible por el conductor, cuando llegue seguramente, no va a escandalizar a nadie.

     Además de este demencial espectáculo el 32 % de la publicidad que emiten los medios de aire, muestran actitudes que no condicen con valores morales, esto sucede en muchos casos dentro de los horarios de protección al menor, a estas instancias se le deben sumar los programas de “chimentos” y algún que otro teleteatro con escenas que abiertamente atacan a la moral y buen gusto del televidente. En tanto las autoridades del Comité Federal de Radiodifusión (COMFER) mantienen una absoluta indiferencia frente a estos alardes de perversión.

     Con una alta cuota de hipocresía se cubren bajo la norma vigente del horario de protección al menor. En el caso de que la publicidad, o los programas se realicen fuera de este horario, los califican de excesos leves. Estos absurdos funcionan como un tarifario que liberan a la emisora. La diferencia entre la multa irrisoria y la ganancia publicitaria que el programa genera le deja a favor de la empresa un fuerte ingreso.

     Cuando se pide un control a las emisiones de programas que perturban los valores morales, se acusa de censurar la libertad de expresión. No se toma en cuenta el daño educativo que se produce a la niñez. Ha llegado la hora de que la sociedad reflexione seriamente sobre el control que ella misma debe ejercer sobre las emisoras, tanto radiales como televisivas, que atentan contra la salud moral, rebajan los valores humanos y bastardean la feminidad.

     El destape sin pudor que propician muchos programas televisivos es un modo desprejuiciado de avalar en los jóvenes las relaciones vinculadas con el erotismo, resultan ser una vidriera en su despertar sexual. Los llevan a una abierta y desparpajada desinhibición que derriba normales pudores, que es una característica de la adolescencia en estos tiempos.

     La adolescencia es una etapa en la que los jóvenes comienzan a construir su identidad, demarcan su propio espacio lejos de los adultos, descubren su sexualidad y el mundo que los rodea. Sus valores se van construyendo en base a cuatro factores: la familia, los medios de comunicación, el grupo de amigos y la escuela. El orden e importancia de cada uno de ellos varía según los casos, pero lo que si es seguro es el cambio radical respecto a la época en que los mandatos familiares representaban influencias determinantes. Basta conversar con cualquier adolescente o escuchar sus conversaciones para oír historias que pueden erizar la piel de un adulto.

     Creo que más que moralizar o juzgar la conducta de los jóvenes hay que analizar el contexto en el que se están desarrollando, viven una cultura visual cargada hasta la saturación de imágenes relacionadas con el erotismo, la sexualidad y la violencia.

     La sexualidad está más presente y más explícita que nunca en todos los medios de comunicación, llega más a los adolescentes, no existe un público identificado; se diluyó la frontera entre lo que consumen los padres y los hijos. El programa de Marcelo Tinelli, el más visto en la televisión argentina forma parte de la comida familiar y en ella se habla con total naturalidad del “baile de caño” y del “strip dance” de los participantes.

     No hay duda que la televisión ha pasado a ser parte de nuestras vidas, pero también sabemos que tiene capacidad suficiente tanto para denigrarnos como para ennoblecernos. La sociedad se debate en estos tiempos en mejorar la educación con destino de lograr una mayor calidad de vida para las generaciones presentes y futuras. ¿No ha llegado la hora de pedirles a los medios y en especial a la televisión, que también valoren ese esfuerzo, lo acompañen y no lo esterilicen?

     Guillermo César Vadillo

 

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