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Opinión 
Edición: 16 - Fecha: 25 de Jul, del 2002
Hace 50 años moria pero nacia un mito

La muerte es un segundo. Pero si la víctima ha pasado los límites de una persona común para erigirse en una personalidad social, el fallecimiento es un acontecimiento histórico que abre una grieta en la conciencia colectiva de los pueblos.

     Sólo de esa forma se entiende lo que ocurrió el 26 de julio de 1952.

    Los espectáculos públicos y callejeros se quedaron congelados. En todos los cines se paralizaron las proyecciones. La oscuridad y el silencio fueron un preludio de infierno, al cual dio la bienvenida aquella lacónica voz con la noticia: “La Secretaría de Comunicaciones de la Presidencia de la Nación, cumple el penosísimo deber de informar al pueblo argentino, que a las 20,25 ha dejado de existir la señora María Eva Duarte de Perón, jefa espiritual de la nación”.

    Cuando las luces de los cines volvieron a encenderse, los espectadores tenían sus ojos empañados en lágrimas; y en la mayoría de los bares las personas tenían la mirada perdida, la cabeza gacha, y un silencio sepulcral era roto únicamente por la música sacra de las viejas radios.

    Durante mucho tiempo, hubo minuto de silencio a las 20,25 en la radio y actividades públicas, para recordar el momento trágico. Para la Argentina de hoy, en la que dos generaciones arrastran el desencanto hacia la clase política, resulta difícil de entender que haya un pueblo de luto casi permanente por la muerte de la mujer de un presidente. Pero ocurre que esa mujer fue Evita. Y la explicación está en su historia y la pasión revolucionaria de sus principios de justicia social y amor a los humildes.

    

    ORÍGENES


    Eva Duarte Ibarguren nació en 1919 en la ciudad de Los Toldos, siendo hija natural de Juan Duarte y de Juana Ibarguren. Aunque de chica supo lo que era sentirse un paria, porque su padre, que era un rico estanciero, no la reconoció ni a ella ni a sus hermanos.

    A los quince años, cuando su figura mostraba una particular belleza, dejó su pueblo y partió hacia Buenos Aires con el sueño de ser estrella de teatro y de novelas radiofónicas; en la Capital Federal padeció las actitudes de inescrupulosos empresarios del espectáculo porteño, que despreciaron sus cualidades y su origen “paisano”.

    Su vida cambió en 1944 cuando conoció al funcionario que estaba promoviendo leyes sociales en beneficio de los más pobres y orientando políticas para los obreros, el director del Departamento Nacional del Trabajo, nada menos que el coronel Juan Domingo Perón.

    La mujer y el funcionario militar se conocieron en un festival artístico concebido para recaudar fondos para los damnificados por el terremoto que sacudió San Juan en enero de 1944; el evento estaba organizado por Perón, quien lideraba el Ente Nacional de Ayuda.

    Los ideales de Perón eran un fuego revolucionario que encendió la pequeña llama que había en Evita por querer cambiar ese mundo injusto que de pequeña la había castigado; el militar era estrategia pura y la mujer el resentimiento transformado en rabia de cambio, coincidiendo ambos en un gran carisma con el pueblo, manifestado en todas las exposiciones públicas y discursos que realizaron.

    En 1945 Evita y Perón se casaron, y en el matrimonio de la mujer no sólo fue con hombre sino con sus ideales y su causa.

    Esto quedó plasmado en que al poco tiempo encabezó una gran campaña de agitación en los medios laborales (el movimiento de los "descamisados", apelativo con el que se conocía al proletariado urbano que apoyaba masivamente a Perón), para conseguir la excarcelación de su esposo que había sido recluido en la isla de Martín García a causa de un golpe militar.

    El 17 de octubre de 1945 y la masiva movilización de pobres y desclasados a Plaza de Mayo trajo aparejado no sólo la liberalización de Perón, sino que selló el más fuerte connubio de Eva con ese pueblo históricamente relegado.

    Así fue como Eva se convirtió en Evita, y se puso al frente de la Secretaría de Trabajo y de la Fundación que lleva su nombre, desde donde comenzará a forjar la leyenda que aún hoy perdura merced a sus políticas sociales plasmadas en derechos y no en la mera asistencia.

    

    UNA MÁS


    Era normal que la mujer atendiese personalmente en su despacho oficial, cual Rey Midas, a un desfile cotidiano de familias enteras, de personas humildes, de madres con sus hijos. Y no había horario para cumplir con el precepto de que “donde hay una necesidad hay un derecho”.

    El fuerte ascendiente que Evita ejercía sobre la mujer argentina creció en 1947 con su proyecto de ley que contemplaba implantar el derecho al sufragio universal; la norma fue una de las pocas que se sancionaron por unanimidad de todos los Diputados, ganando al mismo tiempo el apoyo de miles de argentinas que habían sido olvidadas por la política.

    Tal hito histórico fue plasmado inclusive en la filatelia, cuando en 1952 se creó un sello de 10 centavos en el que se representa la figura estilizada de una mujer que lleva en su mano derecha una carta que simboliza los derechos recién conquistados.

    La Fundación Eva Perón, con sus exigüos ingresos en sus comienzos, empezó a cobrar gran importancia pues su acción se fue extendiendo a todos los rincones del país; se construyeron miles de escuelas, centros de salud, hogares para ancianos, centros vacacionales para obreros; es decir, una labor social muy profunda.

    Para crear la conciencia de ayuda social en la gente y afrontar la carencia de recursos del Estado para seguir con estas políticas sociales, se establecieron aportes obligatorios de los trabajadores, que dedicaban los 10 de mayo y 17 de octubre a incrementar los ingresos de la Fundación con parte de su salario.

    Al lado de los avances laborales, la Fundación Eva Perón ocupó tal rol redistributivo que llegó a competir con la Iglesia Católica y las tradicionales sociedades de beneficencia (que fueron suprimidas) y reemplazó la expresión caridad por un término menos ofensivo: ayuda social.

    Un ejemplo de esto es el rodillo del 25 de noviembre de 1953, que aconseja: "Apoye la obra de asistencia social del cardíaco damas cooperadoras".

    En el plano sindical, la figura de Evita fue el puente de los nucleamientos de los trabajadores con el Estado, lo cual tuvo su punto más alto en 1951, cuando la CGT propuso la candidatura de Evita a la Vicepresidencia, que no prosperó por la oposición de las Fuerzas Armadas.

    Conforme asumía ese papel de defensora de causas perdidas, la personalidad de Evita fue transformándose, dejando de lado las joyas y trajes de última moda para inclinarse con devoción a la austeridad, optando por vestidos discretos de color oscuro y un sencillo rodete en el cabello, que acentuaba su belleza.

    

    EL FINAL


    Eva Duarte ya es la “abanderada de los humildes”, y descansa en el seno de todo el pueblo como Evita, pero su fervor revolucionario sufrirá el infranqueable límite del cáncer, que de forma lenta pero segura va minando su salud.

    En noviembre de 1951 es operada y vota desde la clínica donde se encuentra hospitalizada; son las primeras elecciones en que se pueden participar las mujeres argentinas. Pese a su situación física es un gran día para ella pues ve cumplido uno de sus sueños.

    Su decadencia física fue proporcional a los honores públicos que recibió en las últimas horas, cuando una nueva provincia recibió su nombre, el Congreso le otorgó el título de Jefa Espiritual de la Nación, y su libro "La razón de mi vida" se convirtió en el texto escolar obligatorio.

    El gradual culto que se instaló sobre la personalidad de Evita la elevó a la categoría de mito, en la cual se inscribió a partir de esa noche del 26 de julio de 1952.
FUENTE; Agencia NOVA

 

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