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Opinión 
Edición: 1338 - Fecha: 14 de Ago, del 2008
La tragedia del gordo y el flaco

El 13 de noviembre de 1996 se inauguraba en Roma la Cumbre Mundial sobre la Alimentación a la concurrieron delegados de 185 países. El propósito era analizar el problema del hambre en el mundo, al que calificaron de inaceptable e intolerable, y concluyeron asumiendo el compromiso de terminar con este flagelo para el año 2015. En ese momento había 800 millones de hambrientos en el mundo, se esperaba poder disminuir 31 millones cada año. La triste realidad es que hoy tenemos 854 millones de personas con hambre y la cifra se incrementa cuatro millones cada año. Los sueños y las promesas del pasado se hicieron añicos.

     El presidente de la FAO, en un mensaje desesperado dirigido a los líderes mundiales, dijo que las promesas no sirven para dar de comer y los llamó a cumplir su compromiso.

    El llamado lo hace en medio de la actual crisis alimentaria cuya consecuencia más notoria será, según los analistas, el rebrote del hambre mundial. Los países subdesarrollados, donde se concentra el 96% de los desnutridos, les resultará cada vez más difícil acceder a los alimentos; la política de los países desarrollados, que no sufren este flagelo, son las responsables de este rebrote.

    En el mundo circulan 800 millones de automóviles que necesitan combustible. La crisis del petróleo, además de afectar a todos los sectores del agro haciendo subir el precio de los granos, tuvo como consecuencia la búsqueda de fuentes energéticas alternativas. Para solucionar la demanda de combustible en los países desarrollados un gran porcentaje del grano destinado a la alimentación se derivará a la fabricación de biocombustible. Producir el combustible para llenar el tanque de un automóvil es equivalente a lo que necesita un hombre para alimentarse durante un año.

    Como contrapartida la Organización Mundial de la Salud informa que hay en el mundo 1600 millones de adultos con sobrepeso y 400 millones de obesos, estimando que en diez años la cifra se incrementará en un 33%. Esta masa de sobrealimentados se concentra, no solo en los países desarrollados, sino en las grandes urbes de todo el mundo donde el primer factor de muerte son los problemas cardiovasculares. Paradójicamente en estos enclaves comienzan a ser un flagelo la bulimia y anorexia.

    Se estima que viven en el mundo 6.700 millones de personas de las cuales un 44% tienen problemas alimenticios, unos por exceso y otros por carencia. Esto revela la verdadera cara del problema: no hay falta de alimentos, la comida alcanza para todos, pero una gran masa está imposibilitada de acceder a lo que necesita, mientras otros tienen en demasía.

    En este momento la crisis global de alimentos es una realidad. Venimos de treinta años de calma, en la que los precios de los alimentos básicos se mantuvieron, pero ahora han estallado. La ONU advirtió en el 2005 que 47 países afrontaban el problema de la escasez de alimentos y muchos de ellos necesitan ayuda urgente. Este año, durante el mes de abril, volvió a advertir que la escalada de precios en los alimentos estaba incrementando el problema del hambre y el conflicto se extendería a más de 37 países.

Esta situación afecta principalmente a los países pobres que tienen salarios muy bajos y no pueden acceder a los alimentos que reciben del exterior porque los precios internacionales son exorbitantes.

     Mientras tanto las grandes empresas multinacionales, que producen y distribuyen alimentos, son las únicas que se benefician con la crisis. Según el Banco Mundial este problema no se solucionará al corto plazo y estiman que se prolongará por siete años.

    En Haití, en el mes de abril, miles de haitianos se manifestaron violentamente al grito de “Tenemos hambre”. Diferentes grados de protesta alrededor del mismo problema se vieron en Egipto, Somalia, Mongolia, Camerún, Costa de Marfil, Mauritania, Etiopía, Senegal, Madagascar, Pakistán, Filipinas, Indonesia.

    Caín mató a su hermano Abel. Cuando Dios le preguntó dónde estaba su hermano contestó: “No lo sé. ¿Acaso es mi obligación cuidar de él?”. La filosofía individualista de Caín impera en nuestra sociedad. La compasión, el amor al prójimo y la solidaridad parecen ser cosas del pasado. Hagamos el esfuerzo de romper con el egoísmo para tomar conciencia de que todos tenemos responsabilidad con el hambre de los demás.

    Salvador Dellutri

 

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