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   Jueves, 23 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 154 - Fecha: 11 de Mar, del 2003
La "guerra preventiva"

Cuando el 11 de septiembre de 2001 las torres gemelas se desplomaron, el tambaleante poder de George Bush, un presidente nacido de una discutida elección y con bajo apoyo popular, encontró su estabilidad.

     Bastaron pocas horas para comprender que se enfrentaban dos fundamentalismos igualmente perniciosos: el islámico representado por Osama Bin Laden y el cristiano encarnado por Bush.

    El presidente norteamericano confesó haber sido en el pasado un adicto al alcohol, del cual fue liberado por su fe. En general los adictos que encuentran en la religión la puerta de salida para su problema suelen necesitar afirmarse tomando actitudes fundamentalistas. Con un enfoque simplista de la realidad dividió al mundo entre buenos y malos, se constituyó en el adalid de los buenos y, a la manera fascista, declaró que quien no estaba con él estaba con el enemigo. No dejó espacio para el debate, la neutralidad o el disenso.
Ese fanatismo desató en primera instancia una tormenta de violencia sobre Afganistán; único caso en la historia en que se ataca a una nación persiguiendo a un individuo. Pero consecuente con los odios heredados de su padre, el "eje del mal" rápidamente cambió de rostro, y Bin Laden se transformó en Saddam Hussein. La relación entre ambos no pudo ser probada y es sabido que para Bin Laden el presidente de Irak es nada más que un apóstata del Islam, pero para el fundamentalismo de Bush esto no tiene ninguna relevancia.

    Todas las guerras siempre encontraron su justificación en alguna noble virtud que enmascaraba sus verdaderas intenciones. Para justificar la muerte, destrucción y humillación del prójimo se necesita el apoyo de grandes palabras como libertad o justicia. En este caso y, queriendo ser consecuente con su particular visión del cristianismo, recurren a la antigua figura, discutida por San Agustín y desarrollada por Santo Tomás, de "la guerra justa".

    Agustín de Hipona señaló que el único propósito que justifica una guerra es la legítima defensa, no para expansión territorial, ni por espíritu de belicosidad o venganza. También señaló que aún en medio de la lucha el amor debía ser primordial... cosa muy difícil de implementar en la práctica.
Las contiendas del siglo XX y el desarrollo armamentista, hizo que se profundizara en el análisis del tema. Los teólogos subrayaron que antes de recurrir a la fuerza debían agotarse todos los medios de acuerdo pacífico, porque es absurdo creer que a través de las acciones bélicas se puede restaurar el derecho violado. Sin embargo admitieron que en caso de agresión a una nación o comunidad de naciones en forma sistemática y grave, la autoridad legitima, luego de cerciorarse que todos los medios por detener la agresión resultan impracticables o ineficaces, podía ejercer su derecho a la legítima defensa.

    El régimen tiránico de Saddam fue gestado por los Estados Unidos que le prestó, en el momento que le convenía, el apoyo necesario para desarrollarse. Durante diez años la comunidad internacional a través de diversas formas de presión pudo contener sus desbordes y todavía hay recursos como para seguir haciéndolo. Sin embargo Bush quiere, a cualquier precio, encabezar esta cruzada belicista que pondrá al mundo al borde del colapso.

    No pudieron convencer con sus razones al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, ni al gobierno de Francia y Alemania que tienen otras formas de accionar para evitar la guerra. Pero el fanatismo de Bush es ciego a toda razón e insiste en disfrazar el ataque de "guerra justa".
Lo hace porque quiere tener un justificativo religioso que lo cubra ante la masa de cristianos que lo han votado y a los que presenta la guerra como si fuera un acto de amor a Dios y al prójimo.

    A algunos les resulta extraño el poder de convicción que un argumento tan trivial puede tener en una gran parte del pueblo norteamericano. Pero para comprender la forma de encarar el cristianismo en los Estados Unidos conviene tener en cuenta que la religiosidad norteamericana es muy distinta a la de cualquier otro país protestante. Harold Bloom en un análisis agudo de la religiosidad de su pueblo afirma: "La religión en los Estados Unidos, un país ostensiblemente protestante, es algo que tiene diferencias sutiles con el cristianismo, aunque es engañoso decir que somos un país poscristiano. Mas bien somos posprotestantes y vivimos una contundente redefinición del cristianismo. Es tan contundente que nos negamos a admitir que en realidad hemos transformado la religión tradicional en una fe que se ajusta mejor a nuestro temperamento nacional y a nuestras aspiraciones y ansiedades nacionales. La religión estadounidense, una mezcla de antiguas herejías y enfoques del siglo XIX, avanza hacia el siglo XXI con un triunfalismo desenfrenado que fácilmente se convierte en nuestras extravagancias políticas".

    Esta forma edulcorada y pasteurizada de cristianismo, ajustada a las demandas de las apetencias imperiales de los Estados Unidos - que se siente un pueblo elegido por Dios con quien cree tener una relación especial - es simplista en sus planteos y soluciones, apelando más a las emociones que a la razón (los argentinos hemos tenido una muestra de esto en el mensaje de los llamados "tele-evangelistas") y por eso se transforma en sumamente peligrosa.

    Pero movilizando a su pueblo a través del sentimiento religioso, George Bush está ocultando la verdadera razón del giro que ha dado a esta cruzada pasando de Afganistán a Irak y de Bin Laden a Saddam: la fabulosa cuenca petrolífera que hay en el sur de Irak, la segunda del mundo, que tiene una reserva de 112 mil millones de barriles de crudo comprobados, cifra que se sospecha podría duplicarse. Para la explotación Saddam está en tratativas con compañías de Francia, China y Rusia. Estados Unidos y Gran Bretaña se quedaron afuera y esta es la principal razón que hay que leer entre líneas.

    Lo realmente perverso es que Bush nombre a Jesucristo para justificar sus ambiciones imperiales y afirmarse en el poder, y que su fundamentalismo religioso quiera involucrar a todo el mundo occidental. Por eso es necesario marcar la línea que nos diferencia.

    Salvador Dellutri

 

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