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Opinión 
Edición: 1324 - Fecha: 24 de Jul, del 2008
El imperio de lo trucho

Decir “trucho” es decir falso, fraudulento, ilegal, apócrifo, engañoso; pero el término también se aplica a lo que es de mala calidad, lo clandestino, lo poco confiable y puede usarse como calificativo para indicar que una persona es inescrupulosa. Del sustantivo trucho deriva truchada, que designa las acciones características de lo trucho, y el verbo truchar que significa mentir, falsear, engañar.

     El origen de la palabra es incierto, pero algunos eruditos dicen que puede rastrearse hasta el siglo XVII aunque se popularizó entre los argentinos en 1992 cuando una de las bancas de la Cámara de Diputados fue ocupada por un seudo legislador al que se designó con el neologismo de “diputrucho”.
El lenguaje es dinámico, se modifica y recrea constantemente amoldándose a las nuevas realidades. Por más que los académicos quieran fosilizarlo en los diccionarios el pueblo va imponiendo sus aportes. Finalmente “trucho” apareció en el diccionario de la Real Academia, aunque en la definición hace constar que es usado únicamente – por lo menos hasta ahora - en Argentina y Uruguay.
Pero además de los significados mencionados la palabra trucho encierra un sentido más profundo que tiene que ver con la idiosincrasia de los argentinos, porque define elípticamente nuestra relación con lo legal y lo ilegal. Decir que un producto es ilegal es definirlo como asociado a lo delictivo, pero cuando decimos que es “trucho” suavizamos el impacto, nos mostramos más tolerantes y lo relacionamos con lo picaresco. El término se instaló en el lenguaje cotidiano porque legitima una conducta ilícita que se ha generalizado, con la que el Estado se muestra indulgente, y permite mencionar sin pudor aquello que es ilegal.
Fue en 1983 durante una visita a la ciudad de Lima cuando tuve mi primer contacto con ese mercado paralelo de piratería, imitaciones y falsificaciones que nosotros denominamos trucho. Un libro de Umberto Eco costaba en un mercado de libros y revistas una quinta parte del precio que tenía en Buenos Aires. La tapa era idéntica y tenía el mismo grosor, aunque el papel era de inferior calidad. En mi inocencia creí que la editorial lanzaba ediciones económicas en los países con alto índice de pobreza hasta que un estudiante universitario me sacó del error. Cuando le señalé los problemas que acarreaba la ilegalidad y la piratería me informó que era imposible para un estudiante pobre acceder a los libros de texto a precios internacionales; gracias al mercado trucho muchos de ellos podían cursar una carrera universitaria.
Recordé esto leyendo una nota de Jorge Carnevale, el prestigioso crítico de cine, en la revista “Ñ”. Allí comentaba la proliferación de películas truchas en DVD y decía “Todo este mercado paralelo no prosperaría, pienso, si una película original costara 20 o 25 pesos” Lejos de justificar la ilegalidad estaba señalando un problema emergente de la globalización donde se pretende vender a precios del primer mundo en el tercer mundo. En muchos casos el crecimiento del mercado trucho es la manifestación de la rebeldía de los débiles contra los poderosos, de los marginados contra los globalizadores. Esto no lo justifica, pero lo explica.
El peligro está en que el país se va truchando paulatinamente más allá del mercado. Tenemos concentraciones multitudinarias truchas donde los manifestantes reciben una paga para que griten a favor del contratante. Políticos truchos que defienden en el llano lo que luego desmientenen cuando llegan al poder. Religiosos truchos que predicando un dios de fabricación casera estafan a los fieles y se enriquecen. Medios truchos en los que cada día se generan escándalos para aumentar la audiencia. Mujeres truchas por obra del botox y la silicona. Legisladores truchos que hacen encendidos discursos y cambian su voto al compás de la Banelco. Y cuando se dice que la economía la maneja el ex presidente o que hay un doble comando en el gobierno en realidad se está afirmando que el Ministro de Economía y la misma Presidenta son truchos porque todos creemos que ejercen el poder, cuando en realidad no es así.
Estamos construyendo un país ficcional donde lo que se ve es trucho, una falsificación, un fraude. La verdad es cada vez más esquiva, perdió su prestigio, ha sido abandonada en el desván de las cosas inservibles y en su lugar impera la truchada.

    Salvador Dellutri

 

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