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   Martes, 21 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 1288 - Fecha: 3 de Jun, del 2008
El refugio secreto

Ernesto Sábato en uno de sus ensayos califica a nuestra época como “nuestro tiempo del desprecio”. Tomaba una frase que André Malraux utilizó para tipificar al nazismo y la hizo extensiva al tiempo presente en que los valores se han eclipsado y se exalta permanentemente la mediocridad. Palabras como honestidad, solidaridad, altruismo, generosidad, abnegación, sacrificio pertenecen ya a un pasado que sentimos cada vez más lejano e irrecuperable. Por eso conviene contar esta historia que parece haber pasado desapercibida.

     El pasado mes de abril el embajador de Israel en Holanda, Harry Kney-Tal, se dirigió Harlem, un pequeño pueblito cercano a la ciudad de Ámsterdam. En el centro, frente a una plaza siempre reluciente, hay una antigua iglesia protestante, varias veces centenaria; a su alrededor se agrupan las típicas casas holandesas y bastan diez minutos de caminata para atravesar el pueblo de extremo a extremo. El embajador llegó al lugar para pagar, en nombre de su gobierno, una antigua deuda.

     En la calle principal, a pasos de la plaza, hay una relojería que perteneció a la familia Ten Boom. Cuanto estalló la Segunda Guerra Mundial habitaban la casa Casper Ten Boom, el octogenario relojero acompañado por sus dos hijas solteras: Betsy y Corrie. Lo ayudaba en su tarea Corrie, la menor, que fue la primera relojera matriculada de Holanda.

     Pensaban que el horror del nazismo no iba a alcanzarlos, pero una noche se estremecieron escuchando el estallido de centenares de bombas que las huestes de Hitler descargaban sobre el aeropuerto de Ámsterdam. El ejército nazi ocupó el pequeño pueblito y una mañana los soldados entraron en la sastrería que estaba frente a la relojería y comenzaron a saquearla. Cuando Casper y sus hijas salieron para ver que sucedía se encontraron con un panorama desolador, el dueño de la sastrería estaba parado en la calle mirando impotente como los despojaban. Había una razón: era judío. Corrie se percató de lo delicado de la situación y lo invitó a entrar a su casa, en la trastienda de la relojería. Estuvo allí alojado hasta que pudo trasladarse al pueblo donde residía su hijo.

     Unos días más tarde al salir Casper de la relojería vio que los soldados están haciendo identificar a los judíos con una estrella de David amarilla que llevaba en el centro la inscripción “jood” (judío en Holandés). Casper era protestante pero pidió a una de sus hijas que consiguiera una estrella y se la colocó en su ropa identificándose con los perseguidos.
En los meses siguientes cientos de holandeses, algunos por su condición de judíos y otros porque no querían colaborar con los invasores, fueron perseguidos, encarcelados y deportados a los campos de concentración.

     Casper y sus hijas hicieron secretamente una reforma en su casa, en la sala de estar colocaron un placard con una puerta lateral secreta que daba a una pequeña habitación donde cabían ocho personas. Colocaron un sistema interno de alarma y comenzaron a refugiar provisionalmente a los perseguidos hasta que podían salir del pueblo sin problema. Los refugiados compartían la vida cotidiana con la familia, pero en caso de peligro sonaba la alarma interna y en un minuto estaban escondidos en el refugio secreto. Alrededor de ochocientos personas, la mayoría de ellos judíos, fueron salvados por aquella familia.
Finalmente se corrió la voz que los Ten Boom ayudaban a los perseguidos, los nazis mandaron un espía que simuló estar en problemas y los apresaron. Los soldados revisaron el lugar pero no dieron con el refugio secreto en el cual había seis personas que lograron salvar sus vidas.

     Casper y sus hijas fueron deportados a uno de los más grandes campos de concentración nazi, el de Ravensbruck. Allí murieron Casper y Betsy. Corrie, luego de pasar por un calvario de vejaciones, por un increíble error fue puesta en libertad y pudo salvar su vida.
Lo que movilizó a Casper Ten Boom y sus hijas fue su compromiso con el prójimo que era consecuencia de una profunda fe cristiana que entendía que quién sufre es digno de nuestra solidaridad y abnegación.

     El Embajador israelí, a sesenta y tres años de distancia se dirigió a aquel lugar y honró a Casper y su hija Betsy otorgándoles a nombre del gobierno de Israel el titulo póstumo de “Justos entre las naciones”.

     La nota pasó desapercibida para la prensa Argentina, demasiado ocupada en mostrar la otra cara de la realidad. Pero vale la pena rescatar este ejemplo que tiene que motivar nuestra reflexión.

Salvador Dellutri

 

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