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Opinión 
Edición: 1270 - Fecha: 8 de May, del 2008
El mayo francés

Este año se cumplen cuarenta años de lo que se denominó “el Mayo Francés”. Entre el 3 y el 5 de mayo de 1968 se produjo en Francia una revuelta estudiantil, a la que posteriormente se unieron los obreros declarando una huelga, que involucraría a más de diez millones de personas. A algunos reclamos estudiantiles se sumó una reacción violenta contra el capitalismo, el consumismo, la dictadura estalinista, el neofascismo, el clericalismo, la guerra de Vietnam y la tecnocracia.

     La rebelión conmovió al gobierno de Charles De Gaulle que se vio obligado a disolver la Asamblea y adelantar las elecciones, pero sacudió a todo el mundo occidental sacándolo del sopor en que se había sumido durante la guerra fría.

    Hebert Marcuse y Jean Paul Sartre se transfomaron en los ideólogos de este movimiento y plantearon cuestiones inéditas hasta entonces en la sociedad contemporánea, impulsando una alianza entre obreros y universitarios, olvidando los clasismos y proclamando la necesidad de cambios en las costumbres de la sociedad civil.

    Las protestas del mayo francés en muchos aspectos estaban emparentadas con las que planteaban el movimiento beat y los hippies. Fueron movimientos que testimoniaron la crisis que afectaba a la sociedad de posguerra y una rebelión contra los postulados de la modernidad.

    El mayo francés fue el último movimiento romántico de impacto cultural contra el acartonamiento que tenía la sociedad occidental. Si bien fue una rebelión contra la pacatería y el tartufismo su mayor debilidad estuvo en que no presentó propuestas orgánicas ni supo mantener la unidad. El apoyo obrero se evaporó cuando el gobierno accedió a un aumento del 35% en el salario mínimo industrial y del 12% para los demás trabajadores. La alianza entre estudiantes y obreros, a instancia de los sindicatos, rápidamente se desintegró.

    Los estudiantes revoltosos nos querían ni les interesaba tomar el poder, solamente intentaban flexibilizar la rígida moral impuesta por el gaullismo. Cuando finalmente los sindicatos calmaron a los obreros y los ánimos se sosegaron cundió por toda Francia la sensación de que el movimiento había sido derrotado. Sin embargo esta rebelión estudiantil, que fue la más importante del siglo XX, tuvo su impacto global en lo cultural.

    La revuelta sorprendió a todo el mundo porque no se generaba en un país en decadencia sino en una sociedad que no tenía desocupados, vivía en democracia, y gozaba de un envidiable bienestar ya que desde la finalización de la Segunda Guerra habían experimentados un crecimiento sostenido. La queja era contra todo un sistema social envejecido que encorsetaba a las nuevas generaciones.

    A cuarenta años tenemos que preguntarnos dónde están los revolucionarios de ayer. La mayoría de ellos, como sucedió con los hippies, se integraron al sistema que criticaron y combatieron, prefiriendo olvidar el pasado para que no se les pida cuenta sobre su claudicación.

    Lo más curioso es que de esta resulta quedaron un sinnúmero de consignas muy originales estampadas en las paredes de París. Muchas de ellas fueron recogidas por Julio Cortazar que ya residía en aquella ciudad. Las más famosas fueron La imaginación al poder; Prohibido prohibir; Seamos realistas, pidamos lo imposible; Paren el mundo que me quiero bajar; Están comprando tu felicidad. Róbala. Como todas las consignas y los eslóganes revolucionarios tienen la exageración del romanticismo.

    La frase más emblemática y famosa fue “Prohibido prohibir”. Todavía se ven afiches y remeras que la exhiben tratando de perpetuar su vigencia. Es una consigna rebelde, pero contradictoria e impracticable. No se puede vivir en una sociedad sin límites porque la convivencia los impone. Una sociedad tiene que tener prohibiciones porque de lo contrario termina en el caos. Los primeros en advertir esto fueron los obreros que manifestaron su protesta, pero lejos de apoyar la anarquía solicitaban un “gobierno del pueblo”.

    No obstante la flexibilización que pedían los estudiantes tuvo su impacto en la sociedad y se hace sentir hasta el día de hoy mostrando aspectos de signos contradictorios. Es positivo que la sociedad se haya sincerado desprendiéndose de vetustas mojigaterías y que se haya desacartonado la política; pero es negativo que las libertades públicas e individuales se desborden y entremos en una zona de confusión donde no existe límite entre libertad y libertinaje.

    Salvador Dellutri

 

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