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   Sábado, 18 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 1264 - Fecha: 29 de Abr, del 2008
La muerte hecha espectáculo

Gregor Schneider, un plástico alemán, quiere exhibir lo que denominó “la belleza de la muerte”. Para ello se propone exponer en un museo a un moribundo mostrando el proceso de su agonía hasta el deceso. Las reacciones fueron inmediatas y los enojados compatriotas del plástico describieron el proyecto como un intento de provocación y un gesto de mal gusto. Schneider tiene algunos antecedentes interesantes ya que instaló en el corazón de Manhattan dos casas gemelas donde el espectador podía entrar para ver a una mujer lavando los platos, un hombre masturbándose y un niño que se asfixiaba con una bolsa de nailon.

    
El actual proyecto invita a la reflexión y abre muchos interrogantes. El primero de ellos sobre qué entienden por arte Schneider y muchos otros “artistas de vanguardia”. Los artistas del renacimiento, el barroco o el impresionismo tenían en claro que sus obras eran construcciones artificiales con significado. Esas obras pictóricas, escultóricas, musicales o literarias quedan como testimonio y legitimación de su época. Cada obra de arte apela a nuestra sensibilidad y racionalidad. En el caso de Schneider lejos de construir artificialmente una obra con significado, toma la realidad en su aspecto más doloroso e intenta exhibirla con el único objetivo de producir escándalo y ganar espacio en los medios. Una perversión del sentido y la finalidad del arte.

    Otro interrogante que surge al leer la noticia es cuál es la relación actual entre lo público y lo privado. En nuestra sociedad se están desdibujando los límites, la trasgresión se considera una virtud de vanguardia y la falta de recato, la invasión a la intimidad, la negación del decoro y la desvergüenza se legitiman como manifestaciones de libertad.

    El fenómeno de “Gran Hermano” es un testimonio elocuente de lo que decimos. Un grupo de personas intelectualmente huecas, de reacciones primitivas, en la que prima lo instintivo por sobre lo racional, se encierran dentro de una casa mientras docenas de cámaras muestran todas sus reacciones. Del otro lado está la sociedad observando y esperando, ansiosa, que se desborden y brinden algún espectáculo sexual de alto voltaje.

     Espectáculos de este tipo, donde lo más importante que sucede es la ruptura del límite entre lo público y lo privado, muestran una patología social y denuncian un alto estado de decadencia.

    El proceso de la muerte, mostrado descarnadamente como pretende Schneider, tiene como único objetivo capitalizar el morbo de una sociedad enferma, incapaz de producir y apreciar la belleza, en tránsito involutivo hacia el primitivismo. Es un Gran Hermano en situación terminal, dialogando con la muerte, permitiendo que ese intercambio íntimo se haga público, mostrando la degradación del cuerpo y los estertores del alma como un espectáculo.

    Los hombres tenemos tres esferas de relación bien diferenciadas. La vida pública que es notoria, manifiesta, vista por todos; la vida privada a la que solo tienen accesos unos pocos y que se vive domésticamente y la vida íntima que pertenece a la zona espiritual y física más reservada. A medida que permitimos la invasión de las zonas reservadas vamos perdiendo nuestra dignidad, renunciamos paulatinamente a nuestra condición humana y nos convertimos en objetos de consumo.

    Consecuentes con este corriente de desacralización de lo privado los medios se van permitiendo irrumpir en la intimidad no solo de aquellos que lucran con el escándalo, sino también de quienes no pertenecen al submundo del espectáculo. En muchos casos esa vergonzosa intromisión deja estigmatizada injustamente la reputación de alguna persona o destruido un hogar, pero eso parece no tener importancia ante las demandas del mercado. Por este camino la sociedad se va canivalizando progresivamente, cebada en los dividendos que da el desparpajo y la desvergüenza.

    Tenía razón Enrique Santos Discépolo cuando afirmaba que vivimos revolcados en un merengue y en un mismo lodo todos manoseados.

    Salvador Dellutri

 

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