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Opinión 
Edición: 1258 - Fecha: 21 de Abr, del 2008
Un piquetero intelectual

El hombre, ubicado en primera fila, asistía a un curso de arte occidental y cuando el profesor proyectó una imagen de la Gioconda, la obra maestra de Leonardo Da Vinci, con la suficiencia que muchas veces acompaña tristemente a la ignorancia, comentó despectivamente: “¿Qué tiene de particular? ¿Por qué tanta fama? Este cuadro es horrible; yo no lo colocaría en el living de mi casa” El profesor lo escuchó y luego, con mucha calma, replicó: “Ese cuadro no está aquí para que usted lo juzgue, sino para juzgarlo a usted”.

     Lo mismo que al desprevenido asistente al curso de arte le sucedió a Gabriel Mariotto, flamante funcionario a cargo del Comité Federal de Radiodifusión cuando, en declaraciones al diario La Nación el domingo 13 de abril pasado, afirmó: “Para mí, D’Elía es un intelectual, una persona con una gran formación que tiene un formato muy tosco. Es un hombre con una gran preparación intelectual” La cita es textual y hacía referencia al piquetero Luis D’Elía.

    Creemos que las palabras se van desvalorizando con el tiempo y pierden su primer esplendor, pero en este caso utilizar la palabra “intelectual” para referirse a D’Elía es un muestra de ignorancia, que reviste mayor gravedad porque provienen de quien tiene en sus manos la responsabilidad del Comfer, un organismo directamente conectado con la cultura.

    El término “intelectual” tal como lo usamos en el presente fue acuñado en Francia por los periodistas durante el sonado caso Dreyfus. Alfred Dreyfus era un capitán del ejército acusado y condenado injustamente con el cargo de traición a la patria. La sentencia carecía de fundamentos pero pesaba en la condena su condición de judío.

    Ante esta muestra de intolerancia, racismo y brote antisemita se movilizaron en su defensa personajes de la ciencia, el arte y la cultura en general. Entre ellos se destacó el escritor Emile Zolá que escribió su famoso “Yo acuso” fijando su posición adversa a la sentencia y haciendo una encendida defensa del condenado.

    Ese conjuntos de hombres vinculados con el saber, independientes en su pensamiento y comprometidos con la verdad, era difícil de calificar en su conjunto; fue entonces cuando la prensa convino en llamarlos “intelectuales”. Desde allí el término se utiliza para designar a quien dedica una parte importante de sus actividades al estudio y la reflexión crítica sobre la realidad.

    El alcance del término generó muchas discusiones, porque se pretendía que solamente debía aplicarse a aquellos que pensaban sin partir de una determinada ideología, sino que lo hacían con absoluta independencia.

    Se puso en tela de juicio si hombres como Jean Paul Sartre, claramente embanderados con una ideología, podían mantener objetividad en su análisis y ser considerados intelectuales. Sin embargo hay coincidencia en que un intelectual es quien analiza la realidad en forma crítica y objetiva, transformándose así en un referente y cumpliendo un rol educativo en la sociedad.

     ¿Cuál es la tarea del intelectual? Reflexionar, meditar, observar, investigar, filosofar, especular para luego relacionar todos los fenómenos e interpretarlos.

    Toda su labor tiene como finalidad influir en la realidad para cambiarla a través de las ideas. Intelectuales fueron San Agustín, Descartes, Voltaire, Rousseau, Ortega y Gasset, Marx, Dostoievsky, Camus, Hanna Arendt, para poner solo algunos ejemplos. Pero para Mariotto también pasaría a engrosar la lista el piquetero Luis D’Elía.

    La aseveración no fue un error, el cronista mantuvo un extenso diálogo que transcribe textualmente y en varias oportunidades hace la misma afirmación. No hubiera sido tan grave si hubiese dicho que Luis D’Elía era una persona que piensa o que tiene ideas, cosa que podría discutirse.

    Pero el calificativo de “intelectual” descalifica a Mariotto, porque la historia del piquetero oficialista es una prueba concluyente de que está muy lejos de la definición que le da el funcionario.

    No es posible confundir al cabecilla de un grupo de choque con un intelectual. A Mariotto, por querer congraciarse con el poder, le pasó lo que al señor que juzgó ligeramente la obra de Leonardo Da Vinci, creyó que estaba emitiendo un juicio sobre otra persona, pero como si fuera un bumerang se volvió contra él mismo. La afirmación de Gabriel Mariotto nos dice mucho más acerca de él que del piquetero Luis D’Elía.

    Salvador Dellutri

 

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