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   Martes, 21 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 1235 - Fecha: 18 de Mar, del 2008
Deporte y muerte

No podía creerlo. Conmovido por el destino del simpatizante de Vélez, asesinado fríamente mientras se dirigía a la cancha, busqué en la página policial del diario pero no encontré ninguna referencia al hecho. Desconcertado seguí hojeando y ¡oh sorpresa! los detalles del crimen estaba en la sección deportiva.

    
Los crímenes son parte de la crónica policial y encontrarlo en la sección deportes comunica un mensaje difícil de decodificar ¿significa que para los argentinos la muerte forma parte del deporte? ¿el crimen de un barra brava es un hecho deportivo? Nos estamos acostumbrando a que el fútbol aporte periódicamente una cuota de brutalidad y sangre, por eso el detalle debe movernos a la reflexión.

     Cuando una persona adhiere a un equipo determinado no lo hace por causas racionales; casi siempre la elección se relaciona con el entorno familiar, el grupo de pertenencia o el barrio en que vive. El “hincha” es un adolescente que canaliza a través de la divisa de su club la necesidad de fusionarse con el grupo, de pertenecer, de ser aceptado. Se identifica con una camiseta porque eso le da significación e identidad. Nunca dirá “simpatizo” o “me gusta” River o Boca, sino que abiertamente confiesa “soy” de River o de Boca.

     Esta falta de racionalidad inicial y la entrega incondicional a su equipo hace que “hinchar” por un determinado plantel sea un acto religioso de fe llevado a cabo por quienes aceptan dogmáticamente el compromiso. Cada domingo, ritualmente, comulgará con su equipo en la cancha, cantará alabanzas a sus ídolos y satanizará a los contrarios. Los rivales no son vistos como adversarios sino como herejes y esa profesión enfermiza de fe puede llevar hasta el martirio. Para muestra basta un botón: cuando en 1966 Brasil fue eliminado del campeonato mundial tres personas se suicidaron, una murió de un síncope al recibir la noticia y en las principales ciudades se instalaron horcas destinadas a los directores técnicos.

     El hincha vive apasionadamente la relación con su equipo y le interesa gane utilizando cualquier método, porque lo único que le importa es el resultado positivo. Justifica como demostración de viveza cualquier infracción hecha a espaldas del árbitro siempre que lo favorezca, porque la única meta es ganar.

     Esa forma de encarar el deporte, desvirtuando su esencia, permite el surgimiento de agrupaciones “fundamentalistas” que potencian las características del “hincha”: son los que llamamos “barras bravas”, grupos de características fascistas que responden ciegamente a las directivas de un jefe, buscan la aniquilación del enemigo y utilizan la brutalidad como metodología.

     Poseen una organización primitiva que, a la manera de los animales, tienen sentido de territorialidad. La cancha de su equipo, las instalaciones y las inmediaciones son el territorio marcado y no aceptan ser invadidos. Los visitantes son intrusos invasores que, por tener otra identidad, deben ser humillados y destruidos. Cada vez que dos equipos tradicionalmente rivales compiten, para el “barra brava” se enfrentan dos identidades en un duelo a muerte. En esa lucha no reconocen más autoridad que la del cacique de su tribu quien indica la forma de actuar; los seguidores, amparados en la masa que les brinda anonimato y protección, obedecen ciegamente y ejecutan con brutalidad las órdenes.

     Pero las “barras bravas” crecen y llevan a cabo su tarea de depredación y muerte porque están amparados por los dirigentes deportivos que se valen de ellos como grupo de choque en las pujas internas del club, y cuentan con el apoyo de los políticos que los usan en sus campañas proselitistas para hacer el trabajo sucio.

     Dante Panzeri, el último de los grandes periodistas deportivos verdaderamente independiente, con su característica lucidez afirmaba: “Más que concurrentes al fútbol son enfermos… Unos peligrosos, otros mansos, pero enfermos al fin, puesto que sufren. Hay que convenir que quien deja suplantar su personalidad más frecuente por otra que se regula según la suerte de una divisa deportiva es un enfermo puesto que no es un individuo equilibrado ni controlado” .

     Dirigentes deportivos y políticos son los responsables de la violencia y la muerte en el fútbol. Ellos dan cobertura a este sistema de corrupción y son los que apañan a los depredadores y les facilitan su accionar. Transformaron, para desgracia de la sociedad, a un grupo patológico en una mafia a su servicio.

    Salvador Dellutri

 

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