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Opinión 
Edición: 1223 - Fecha: 28 de Feb, del 2008
Delicias de la burrocracia

La palabra burocracia deriva del francés “boureau”, que significa escritorio, y “kratos”, “gobierno” en griego. La burocracia sería “el gobierno de los escritorios” y no necesitamos explicar más porque el humor la inmortalizó a través de Joe Rígoli tratando infructuosamente de “plantar el arbolito” y la empleada pública de Antonio Gasalla.

     A pesar de su ilustre origen la palabreja designa una desgracia que aquejó a nuestro país. Hablo en pasado porque la burocracia argentina sufrió una extraña mutación superadora para derivar en “burrocracia”, cuya transparente etimología es “gobierno de los burros”.

    Como es de público conocimiento los simpáticos animalitos que transitan cansadamente las Sierras Cordobesas poseen unas prominentes orejas, que les permite escucharlo todo, y una inveterada tozudez que los lleva a empacarse y no hacer nada. Admirable síntesis de la actitud observable en las oficinas públicas.

    Me tocó ser víctima, una vez más, de la burrocracia argentina. Fue un trámite, aparentemente simple el que encausó mis pasos a la oficina del ANSES. Allí me topé con el omnipresente numerito para ser atendido en riguroso turno. Había ochenta personas delante, los asientos de la sala de espera estaban ocupados y entonces me entretuve mirando la cara resignada de los pacientes argentinos que, de tanto ser manoseados, terminaron por creer que la dictadura de la burrocracia es invencible.

    ¿Cuánto tiempo tendría que esperar? “Toda la mañana” me informa un atribulado colega. “Entonces - pensé ingenuamente en voz alta - puedo salir, dedicarme a mis tareas habituales y regresar en dos horas”. Mi colega de tribulación me desasna: “No… porque nunca se sabe, a veces va rápido y a veces lento”

    Resignado transité las tres horas de espera hasta que alguien, a grito pelado, mencionó mi número. Con aire triunfador, y ante la mirada envidiosa de los que todavía aguardaban, avancé hacia el mostrador pensando que en pocos minutos el trámite quedaría concluido. Iluso de mí, no sabía que los astros me eran esquivos y ese comienzo optimista en agosto pasado iba a tener su provisoria – porque donde hay burrocracia nada es definitivo – finalización recién en febrero de este año, seis meses después. En el entreacto tuve que dedicar otras seis mañanas a atribularme con el famoso numerito en la mano para ser despachado en un minuto con la mágica frase “es un problema del sistema, vuelva a insistir en quince días” o “es un problema del sistema, entre a Internet a la una de la mañana” o “es un problema de sistema, pero insista, insista”
Insistí hasta que un día estallé, me negué a recibir el numerito y esperar porque mi tiempo vale – es bueno que los burrocratas tomen nota - revolucioné con mi queja a la gente y, entonces si, descubrieron que no era un problema del sistema sino que se habían equivocado al ingresar los datos.

    En ese transitar tuve que visitar el Registro Civil de José C. Paz. Esta vez no había numerito sino una primitiva fila de pacientes ciudadanos. Un señor que estaba delante quería sacar su documento y la empleada le informó: “Aquí va a tardar un año pero si va a “Jumbo” de San Martín lo tiene en cuarenta días” Creí haber oído mal y presté atención, pero a todos se le informaba lo mismo, con lo que sospecho que hay dos Argentinas distintas, una en José C. Paz y otra en San Martín.

     Sufrido lector: ¿usted entiende como puede ser esto? Si tiene alguna explicación avíseme porque sigo confundido. Cuando llegó mi turno me informaron que podían darme copia del acta pero tenía que comprar dos hojas en blanco “en el kiosco de enfrente”. Crucé, hice la cola, pagué diez centavos cada hoja – cada resma rinde cincuenta pesos – y entregué dos fla-mantes hojas tamaño oficio para que me entre-garan media hoja carta fotocopiada en un gris lavado.

    La última etapa fue el Banco Balcarce. El maldito numerito me indicaba que había ciento diez y ocho personas delante, tuve que esperar cuatro horas y lo único que distrajo mi atención fue una rata que muy oronda se deslizó por uno de los caños de desagüe para perderse en un archivo. Eso despertó una interesante discusión entre el público sobre si era una rata común o una rata de campo.

    ¿Quiénes dirigen estas instituciones? ¿Burócratas? No, son Burrócratas… y a no ofenderse. Es muy fácil hacer una estadística para saber cuantas personas puede atender cada empleado por hora, dar números pautados y indicando a los clientes entre que horas concurrir, sabiendo que en esa hora van a ser atendidos. Esto bajaría la presión sobre los empleados que tienen que lidiar con una multitud asediándolos y respetarían nuestro tiempo, porque el tiempo es vida y tiene valor. Así podrían dar números con anticipación hasta para los días siguientes.

    Además se necesita racionalizar el trabajo. Tuve el suficiente tiempo para observar que mientras algunos empleados están abrumados atendiendo al público, otros pasean, conversan, lucen sus minifaldas, comentan el fútbol o planean futuras salidas.

    ¿Qué se necesita para solucionar esto? Que los burrócratas que están a cargo, son los responsables y no dan la cara se aboquen a su trabajo y lo hagan a conciencia, porque para eso les pagamos.

 

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