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   Sábado, 18 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 1213 - Fecha: 14 de Feb, del 2008
La inconsciencia de la guerra

Los atentados terroristas que se perpetraron en Bagdad la semana pasada fueron ejecutados por dos mujeres aquejadas del síndrome de Down, a las que habían colocado cinturones explosivos que se activaron por control remoto. Un acto que se engloba dentro de la barbarie de la guerra.

     Dos atentados terroristas más se perpetraron en Bagdad la semana pasada para sumar a la lista de brutalidades. Dos suicidas se hicieron inmolar, casi simultáneamente, en sendos mercados de mascotas animales, muy concurridos por tratarse de un día festivo en el mundo islámico. Aunque no se conocen las cifras exactas de víctimas, se cree que hubo, en ambos atentados, casi un centenar de muertos y algo menos de dos centenares de heridos. En su mayoría, gente de humilde condición que acudía con su familia a entretenerse. Un testigo manifestó: “Los terroristas querrían matar mucha gente y éste es el lugar más adecuado para hacerlo. Todos venimos al mercado: cristianos, chiíes, suníes... ¡todos!”.

    La peculiaridad de este atentado se descubrió poco después: sus ejecutores fueron dos mujeres aquejadas del síndrome de Down, a las que habían colocado cinturones explosivos que se activaron por control remoto.

    El atentado provocó dos tipos de reacción: analizar la nueva estrategia utilizada por el terrorismo y resaltar la barbarie que implica servirse de unas personas disminuidas psíquicamente. Un coche bomba no tiene tanta facilidad como una persona a pie para penetrar en las multitudes. Y el empleo de mujeres suicidas facilita la misión, pues ellas casi nunca son registradas en los puntos de control; sus amplias vestimentas facilitan el transporte de explosivos. El mando militar de EEUU se reafirmó en sus hipótesis: “Es un instrumento de guerra mucho más preciso”, había declarado el general jefe de la zona norte de Iraq.

    Que las dos suicidas sufrieran el síndrome de Down y fueran utilizadas como simples animales de carga para transportar la muerte produce una sensación de horror. Recuerda a aquellos perros del Ejército de la URSS, habituados a dormir bajo carros de combate, a los que en el campo de batalla se colocaban unas minas por contacto y se soltaban para que, instintivamente, corrieran a refugiarse bajo los tanques alemanes.

    Una lectura reflexiva de la historia de las guerras lleva a no asombrarse mucho de los procedimientos bélicos adoptados. El nivel de conciencia de las dos terroristas bagdadíes pudiera ser, al fin y al cabo, no muy distinto del que el historiador británico Paul Fussell atribuye a muchos soldados durante la II Guerra Mundial: “Las misiones de las tropas de infantería requirieron en numerosas ocasiones el ‘aislamiento alcohólico’ de la realidad”. El ron de los soldados británicos y el schnapps de los alemanes eran habituales en los campos de batalla, nos recuerda en su libro Wartime. La mejor forma de dominar el miedo era el alcohol, y sólo gracias a él se podía atenuar la conciencia lo suficiente para poder matar y para no temer a la muerte.

    Un escritor español, poco sospechoso de antimilitarismo, como es Antonio Burgos, escribía así sobre la Guerra Civil española: “Hay una vieja cultura militar del alcohol, un discurso de las armas y el saltaparapetos. El saltaparapetos era el coñac de garrafa con que llenaban las cantimploras de los soldados de la fiel Infantería de García Serrano horas antes de los ataques a las posiciones republicanas. Ciegos de coñac se tomaba el Pingarrón y lo que hiciera falta tomar”.

    Desde el otro bando, un soldado de las brigadas internacionales narraba: “Has visto caer a muchos a tu lado, a los que ni siquiera les dio tiempo a gritar cuando una bala silenciosa les atraviesa sin avisar. Ya no quedáis demasiados en las trincheras. Habéis retrocedido a la segunda línea. Has podido ver cómo los moros se acercaban reptando cubiertos por el fuego de ametralladoras y morteros de la legión. Son muchos y mejores. Ese maldito cerro nos va a costar la vida a todos. Entonces, a tu asustado amigo le dices: ‘Saltaparapetos’, con media sonrisa, acercándole tu cantimplora. Esa ponzoña de garrafa, que quiere ser coñac, es lo único que te permite no enloquecer en la trinchera o quizá lo que en realidad consigue es darte ese minuto de inconsciencia que logra hacer aquello a lo que tu valor se resiste”.

    Es cierto que muchas guerras ya no son así; pero basta contemplar los machetes que en África se convierten de nuevo en armas de combate para no olvidar lo que desde siempre permanece en la esencia de la guerra. Se trata de reducir el nivel de la conciencia humana, con alcohol, fanatismo o disciplina, para ser capaces de matar y de afrontar la muerte en el puesto de combate.

    
Alberto Piris

    General de Artillería en la Reserva

    ccs@solidarios.org.es

 

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