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Opinión 
Edición: 1206 - Fecha: 5 de Feb, del 2008
El sueño del tren bala

Todos tenemos derecho a soñar porque las grandes obras de la humanidad comenzaron siendo sueños. Luego el esfuerzo, y en muchos casos el sacrificio, le otorgó carnadura y los convirtió en realidad. Los egipcios transformaron sus sueños en pirámides, los caldeos en jardines colgantes, los griegos en el Partenón.

     El fenómeno se repite en nuestros gobernantes, que también sueñan faraó-nicamente, pero la mayoría de esos sueños no llegaron nunca a concretarse.

    El sueño del Presidente Alfonsín, cuando la democracia se reinstalaba en nuestro país, fue el traslado de la Capital a Viedma, la puerta de la Patagonia. Todavía estaban en el futuro aquellas “Felices Pascuas” que lo hicieran memorable y tenía tiempo para imaginar una puerta por la cual penetrar triunfalmente en la historia. Lamentablemente en vez de entrar por la puerta grande tuvo que salir apresuradamente por la puerta de atrás sin haber concretado el sueño.

    Luego vino el sueño de Menem, fogoneado por el Ingeniero Alsogaray, de construir sobre el Río de la Plata una aeroisla para descongestionar Aeroparque. Podía haber soñado con levantar un aeropuerto para vuelos domésticos en la vasta llanura que nos rodea, pero la tentación de aterrizar en la historia carreteando en medio del río más ancho del mundo era demasiado fuerte.

    El matrimonio Kirchner tiene otro sueño faraónico del que viene hablando desde el 2003: el tren bala que uniría Buenos Aires, Rosario y Córdoba, las tres ciudades más pobladas del país. Cuando lanzaron el tema al ruedo se estimaba que el proyecto costaría entre 700 y 1000 millones de dólares.

    En esta segunda etapa de la dinastía Kirchner parece que el proyecto entra en vías de concreción, con lo que sería el primer sueño faraónico de la nueva etapa democrática que se encarne en la realidad.

    Al firmar el convenio la Presidenta Kirchner hizo un llamado al optimismo de los argentinos. Cuando oí la palabra recordé una frase de G. K Chesterton: El optimista es un imbécil feliz y el pesimista un imbécil desgraciado. Quería significar que no se puede ser apriorísticamente optimista o pesimista. Para serlo hay que primero analizar seriamente la realidad.

    El proyecto de un tren bala produce entusiasmo y euforia, pero hay que encuadrarlo en las circunstancia que atravesamos. Cada día vemos como los usuarios de los servicios ferroviarios tienen que viajar peor que el ganado, en vagones destartalados, sin vidrios, sucios, sometidos a la humillación del hacinamiento y en muchos casos arriesgando la vida.

    Las concesiones otorgadas por el gobierno menemista destruyeron uno de los proyectos que permitieron la grandeza a nuestro país: la red ferroviaria.

    El 29 de agosto de 1857 – hace 150 años – partía desde donde hoy está ubicado el teatro Colón el primer tren, que recorrió aproximadamente diez kilómetros, hasta La Floresta. Según las crónicas de la época alrededor de sesenta mil personas saludaron el paso de aquella encarnación del progreso. La red ferroviaria se fue extendiendo y llegó a tener cuarenta y siete mil kilómetros.

    En el año 1991, cuando fueron concesionados, fun-cionaban 35.500 kilómetro de vías que cubrían prácticamente todo el territorio. El ferrocarril era la vida de muchas poblaciones pequeñas que dependían de él para su subsistencia y desarrollo.

    Los trenes de larga distancia a las grandes ciudades desarrollaban una velocidad que oscilaba entre los 80 y 120 kilómetros por hora, lo que implicaba un sistema de vías en condiciones aceptables. Hoy quedan aproximadamente 7.000 kilómetros de red, una quinta parte de lo que funcionaba en el momento de la concesión y la disminución dejó como saldo 800 pueblos fantasmas.

    El sistema de vías, como se puede comprobar a simple vista, está totalmente desalineado, no existen tramos de rieles que mantengan el paralelismo necesario para desarrollar altas velocidades y hoy, en el mejor de los casos, el máximo de velocidad que pueden desarrollar los trenes es de 50 kilómetros por hora. Se calcula que para reacondicionar las vías se necesitan alrededor de 100.000 dólares por kilómetro.

    El ferrocarril es el medio de transporte usado por el sector más pobre de la población para acceder a sus trabajos. El Estado, como sucede en todas partes, debe velar para que ese servicio sea eficaz y, si fuera necesario, subvencionarlo para que el usuario se beneficie. En este momento el aporte estatal a los ferrocarriles es el mismo que se hacía antes de la privatización y los servicios son cada vez más deplorables, con lo que hemos tenido un retroceso lamentable.

    Nadie puede ni debe oponerse al progreso, pero todos tenemos que exigir que los avances sean racionales. El tren bala es un emprendimiento faraónico, pero solamente solucionaría el problema de una elite de usuarios, mientras otros, pertenecientes a las clase trabajadora, seguirían sufriendo la humillación diaria de viajar como bestias. Los sufridos usuarios de las líneas urbanas, cuando oyen hablar del tren bala, lejos de mostrarse optimistas acumulan rabia y resentimiento.

    Ellos no piensan en proyectos faraónicos, se conforman con medidas concretas que apunten a mejorar el servicio que usan todos los días. Lo que necesitamos no es tener más optimismo sino un poco más de racionalidad y sensibilidad.

    Salvador Dellutri

 

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