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   Jueves, 23 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 1157 - Fecha: 22 de Nov, del 2007
Fiesta de Egresados

A comienzos del mes octubre se inició la temporada de las fiestas de egresados y continuará hasta mediados de diciembre.

     El centro de la actividad se vincula con la ingesta sin límites de bebidas alcohólicas y drogas, como consecuencia de este descontrol en menos de cuarenta días ya murieron tres jóvenes presumiblemente por la mezcla de alcohol, bebidas energizantes y éxtasis.
Estas fiestas comienzan antes llegar al «boliche» etapa que llaman la «previa», se trata de una reunión en la calle, a veces en la puerta delcolegio, o en una casa donde el motivo es solo uno: beber. A veces parten hacia el lugar del encuentro en vehículos alquilados con anterioridad como el tan infantil «trencito de la alegría» o un colectivo, recorriendo la ciudad por espacio aproximadamente de una hora y continúan bebiendo para llegar a la fiesta «plenos», según sus expresiones. En el transcurso del viaje muchos se descomponen o provocan incidentes con la gente que caminan por las calles. En la «previa» no existe control alguno.
La ingesta de alcohol acompañado muchas veces por drogas, la consideran esencial para la diversión, sin su abuso no existe fiesta, muchos la justifican para sacarse inhibiciones. Generalmente al comienzo de estas celebraciones concurren los padres bajo la estricta consigna que al terminar la comida deben marcharse.
El alcohol es la droga más democrática porque al ser legal está al alcance de todos. Como socialmente se conocen sus efectos y su venta es relativamente libre, los jóvenes no le temen porque creen que la pueden controlar y que nada malo les va a pasar porque su cuerpo les responde a todo; por su edad no tienen conciencia de la muerte. Estos comportamientos suelen terminar con problemas de adicción. En los hospitales creció en un 50 % los adolescentes que son atendidos por el exceso de consumo de alcohol. El promedio de edad oscila en los 19 años. El dilema no reside solo en la Capital o en el Gran Buenos Aires, se extiende a todo el país.
El desenfreno en que viven muchos adolescentes obedece a la pérdida de autoridad y jerarquía de los adultos responsables en su formación. Buscan inconcientemente los límites, que solo la fortaleza de adultos, de quienes dependen, se los pueden marcar, pero los adultos son débiles o indiferentes y no le transmiten la seguridad que muchas veces desean.
No todas las facetas de la autoridad son inspiradoras de confianza. «Tener autoridad» involucra carácter y moral. La falsa apariencia, la superficialidad, no dan autoridad. La autoridad real no exige signos exteriores de respeto, es racional, equitativa, eficaz y silenciosa, el que la posee sabe hacerse oír cada vez que sea necesario.
La pérdida de autoridad influye fuertemente en el comportamiento de los jóvenes y se sentirá más aun cuando alcancen la adultez. En muchas oportunidades, la pérdida del trabajo, razones económicas o sociales, han llevado a los adultos a sentirse débiles, dejando a los niños y jóvenes librados a su destino, más que guiarlos se defienden de ellos adoptando actitudes permisivas que son complicidades con sus disipaciones.
La situación planteada ha comenzado a tener consecuencias. En la actualidad existe una generación que se niega a crecer; frente a la falta de paradigmas, unicamente los anima una pasión consumista, que solo sus padres, con su poder económico, pueden satisfacer. Los psicólogos a esta etapa que abarca de los 20 a los 30 años la denominan «Odisea», porque posee características propias: falta de compromiso y postergación indefinida de las obligaciones de la edad. La demora en abandonar la adolescencia se ha transformando en una forma de vida, en lugar de ser una etapa previa para la formación de la edad adulta.
El fenómeno de la adolescencia eterna no es casual, se niegan a cortar su dependencia con el hogar paterno, no se sienten preparados para la vida, se trata de adultos desorientados que actúan como adolescentes, pidiendo una vez más, sin darse cuenta, un padre que intervenga poniendo límites a su extensa niñez.

     Vivimos una crisis social vinculada con la destrucción de la familia y la educación, es un fenómeno muy serio, cuando empieza la decadencia no se sabe como salir de ella, comienza así la caída del nivel humano. Solo retornando al valor de la familia, teniendo presente que cuando un niño nace, su futuro dependerá de las actitudes que desarrollen sus padres en su formación. De ellos dependerá el lugar que ocupen en la sociedad del mañana.

    Guillermo Vadillo

 

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