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   Jueves, 23 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 1157 - Fecha: 22 de Nov, del 2007
Viñetas de Nueva York

Cae la tarde sobre Nueva York y un enjambre de gente inunda las principales calles, los automóviles se atascan en el congestionado tránsito y los ruidos van creciendo hasta hacerse insoportables.

     Bajo del Metro en la calle 42 y Broadway, pleno corazón de Manhattan, y oigo a la distancia un saxo solitario que, por encima del bullicio de la estación subterránea, desgrana la angustia de un blue. Es un viejo negro que, ensimismado y ajeno a la marea humana, se empeña en transformar su tristeza en música. A sus pies abre la boca el estuche del instrumento esperando que alguien haga caer una moneda. Pero al músico no le importa, continúa con los ojos cerrados desgranando notas sin tomar conciencia de la generosidad o indiferencia de los viajeros.

    Emerjo a la superficie y me siento oprimido, casi ahogado, por un océano de rostros que conjugan las facciones de todas las razas posibles acompañados por una sonora mezcla de sonidos en los cuales se pueden reconocer los acentos de todas las lenguas. Es el mundo globalizado, la moderna Babel que despliega su policromía. Para la mayoría de esa gente que gira alrededor no existo, pero tampoco existe Buenos Aires, ni Argentina y apenas si confusamente tienen conciencia de que existe Sudamérica. Pienso que se llego a caer fulminado por un infarto cardíaco agonizaría ante la mirada entre indiferente y curiosa de cientos de rostros anónimos, lejos del calor de Buenos Aires y sin ver la lluvia azul de los jacarandás florecidos. Pero ¿a quién le importa el sentimentalismo de un porteño en medio de la parafernalia tecnológica de esta ciudad?
Mientras tanto arriba, muy arriba, se encienden miles de anuncios luminosos, inmensos televisores que dan cuenta de lo que se publicita en la ciudad. Pero no puedo pararme a contemplarlos porque la marea me obliga a seguir su ritmo, casi como si fuera parte de un dócil rebaño guiado por un invisible pastor. No hace falta que nadie señale a quienes están por primera vez en el lugar, su asombro se refleja en las inquietas miradas que quieren beber el paisaje urbano y retenerlo, de ser posible, en sus maquinas digitales.

    Observo alrededor. La mayoría va prendida a su teléfono celular como si fueran náufragos aferrados a una tabla de salvación, manteniendo conversaciones a la distancia. Unos minutos antes, en el Metro, estaba rodeado por siete jóvenes que seguramente volvían de la Universidad, cada uno de ellos escuchaba música a través de los audífonos. Otros iban sentados, semidormidos y cabeceando rítmicamente de acuerdo a los vaivenes de la marcha. Siento que estoy en un mundo hipercomunicado, pero donde el interlocutor nunca está presente, donde lo más notable es la ausencia del diálogo cara a cara.

    Para sentirse despersonalizado hay que transitar Nueva York. Aquí todos somos “NN” y estamos fundidos en la multitud que nos obliga a formar parte de una masa informe. Rápidamente se toma conciencia de la propia insignificancia al sentirse aplastado por los rascacielos que como gigantes de acero rodean, oprimen y humillan en silencio. Es como si el alma gritara su necesidad de verdor y silencio mientras la razón la acalla para que no se desubique en medio del paisaje gris de la civilización.

    Me harto y vuelvo caminando por el West Side, mientras la noche se ahonda. La marea y los edificios monstruosos van quedando atrás y comienzo a recuperar mi dimensión de persona. Delante va una señorita que lleva un elegante bolso cargado sobre el hombro derecho. No lo ha cerrado bien y en un descuido se le cae la billetera. Ajena a lo sucedido continúa su marcha y me siento en la obligación de levantar la billetera y gritar para que se detenga. Es inútil, sigue a paso vivo, ajena a lo sucedido y sorda a mis reclamos. Un grupo de transeúntes miran asombrados, pero estimulados por mi cruzada, se unen a la persecución y tratan de llamar su atención, pero no se da por aludida y continúa, inmutable, la acelerada marcha. A su lado alguien le grita que se detenga, pero tampoco lo oye. Sospecho que es hipoacúsica. Finalmente uno de los perseguidores la alcanza y agita las manos delante de los ojos de la distraída peatona. Entonces se produce el milagro, se quita los auriculares de su walkman, vuelve a la realidad, toma su billetera y agradece mientras cierra su bolso, vuelve a colocarse los auriculares y continúa la marcha.

    Un postal de la alienación en que vive la sociedad tecnificada de occidente. Acabo de protagonizar una metáfora que no necesita explicación. Me consuelo pensando que dentro de dos días estaré en Buenos Aires.

    Salvador Dellutri

 

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