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   Martes, 21 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 1150 - Fecha: 12 de Nov, del 2007
El Voto de la “OTRA” Argentina

El lunes siguiente a las elecciones presencié con profundo dolor e indignación los comentarios y las imágenes que se sucedían en un noticiero televisivo acerca de la infame situación que tuvo que vivir ese día la comunidad toba de la provincia de Formosa.

     Como ya es costumbre en nuestro país en tiempos electorales los políticos se acuerdan por única vez de los necesitados. En este caso les entregaron alimentos y a cada elector la absurda suma de diez pesos. Luego los punteros políticos del oficialismo les sustrajeron sus
documentos de identidad, los cargaron hacinados en camiones para llevarlos a las mesas donde debían depositar la boleta que les habían entregado.

    Esta deslealtad electoral, basada en la ignorancia y el hambre deslegitimizan la expresión ciudadana. El objetivo de esta nota no debe ser tomada como una denuncia electoral contra un gobierno, candidato o partido político en particular, sino contra todo el espectro político nacional. En la mayoría de los casos se tratan de realidades que se han gestado durante años.
La situación que se presenta abarca a centenares de miles de votantes que, con sus preocupaciones y esperanzas, quieren hacer oír su voz en las elecciones presidenciales, en busca de mejorar sus vidas, pero son enmudecidas por estas acciones inescrupulosas.

    Las comunidades indígenas, no piensan tanto en las elecciones presidenciales, sino como sobrevivir un día más en medio del cruel abandono en el que viven.

    La situación de la Provincia de Formosa se repite también en el Chaco. «El Impenetrable», el sitio más pobre de la región más pobre del país, viven más de 10.000 tobas es un bosque que ya casi no existe, la tala indiscriminada de árboles y el avance de la agricultura han abierto grandes heridas en su tupida vegetación, se ha perdido la rica fauna y flora del lugar, los indígenas han quedado sin su medio de sustento natural: la recolección de frutos y la caza.

    Las máquinas, talan los bosques de quebrachos centenarios, abren espacios para cultivar soja, hoy un gran negocio para la Argentina. Pero ¿Adónde van los indígenas? ¿Qué hacen con sus tradiciones? Son comunidades despojadas de su hábitat, viven en una profunda miseria y hambre, residen en pequeñas chozas de barro y paja colmadas de insectos. No tienen agua potable, beben un líquido turbio que encuentran en los pozos naturales de las inmediaciones. Se trata de una situación de desastre humanitario o de genocidio étnico.

    Cuando existe un hospital público se hallan en él decenas de tobas extremadamente delgados, en camas sucias situadas en salas infestadas de moscas, afectados de desnutrición y enfermedades asociadas con la extrema pobreza en que viven, la tuberculosis y el mal de Chagas, los asolan, esperan solo la muerte. Los recién nacidos con ojos desorbitados lloran desconsoladamente de hambre en sus camas. En estos últimos meses se ha reportado la muerte por desnutrición de una docena de tobas.

     Frente a la situación planteada, la respuesta oficial, asegura que los indígenas mueren por ser portadores de enfermedades terminales como cáncer, afecciones metabólicas, accidentes cerebros vasculares. Se justifican diciendo que son pacientes muy difíciles de mantener bajo protección estatal.

    Frente a esta absurda respuesta, grupos de derechos humanos expresan que la desnutrición es la base de los padecimientos y que debe hacerse algo más para atender las necesidades de las comunidades indígenas.

    El derecho a la alimentación y a la salud es más que un imperativo moral, económico y político. Es una obligación de Estado. Se trata de lograr que todos los ciudadanos puedan comer y llevar una vida digna, su cumplimiento impone el accionar de los gobiernos con políticas basadas en la equidad, justicia y respeto a los derechos humanos. El ciudadano ya no es un destinatario impotente, objeto de caridad, sino una persona que tiene derecho a gozar de un entorno que le permita con su trabajo alimentar y asistir a su familia o en su defecto recibir asistencia con total dignidad, sin que esto justifique la posibilidad del accionar de políticos inescrupulosos que sobre sus necesidades los usen en las campañas electorales.

    El derecho a una vida digna no es una utopía, es algo inherente a todo ser humano, impone obligaciones y responsabilidades que el Estado no puede ignorar. Para garantizar ese derecho fundamental se debe reemplazar la retórica por realizaciones concretas.

    Los gobiernos en la Argentina buscan construir una economía desde arriba con inversiones extranjeras y nacionales, pero ha rezagado a gran parte de los ciudadanos, que buscan sustento y trabajo, es el desafió de la actual democracia, emplear los instrumentos para crear una nueva situación de desarrollo para un alto porcentaje de la población que aún vive en diversos grados de miseria ¿Cuánto tiempo deberá transcurrir aún para que se presencie la rehabilitación de los derechos fundamentales del hombre?.

    Guillermo Vadillo

 

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