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   Jueves, 23 de Noviembre de 2017
Opinión 
Edición: 1150 - Fecha: 12 de Nov, del 2007
Racismo y discriminación

El atentado contra una adolescente ecuatoriana en un tren de Barcelona, agredida por un español, fue una prueba más del racismo que impera en buena parte del mundo, sobre todo en los países del primer mundo y levantó una ola de indignación y protesta en toda la comunidad hispana de esta región.

     La cámara providencial que registró la agresión dejó un testimonio irrefutable de una realidad que se repite a diario y no tienen difusión periodística ni llega a los tribunales porque nunca se encuentran las pruebas suficientes para incriminar a los agresores. Esta ola de racismo y violencia es muy similar a la que vivía Alemania en los prolegómenos de la segunda guerra mundial y terminó con campos de concentración y hornos crematorios. Ignorarla o minimizarla sería un acto suicida para la sociedad.

    El primer mundo se siente “invadido” por los inmigrantes ilegales que provienen de los países pobres y entonces comienza a manejarse con una repugnante hipocresía: los explota por su condición de indocumentados haciéndoles hacer las tareas más pesadas, les pagan salarios miserables, los agraden porque no pueden defenderse y cuando dejan de necesitarlos los persiguen para deportarlos. Países como España o los Estados Unidos, que presumen de su “cristianismo histórico”, dan muestra de un salvajismo primitivo oprimiendo y humillando al prójimo en abierta contraposición con la fe que proclaman sostener.

    Esta situación es la resultante de un mundo falsamente globalizado. La mayoría de los inmigrantes que entran ilegalmente en Europa o los Estados Unidos lo hacen porque en sus países de origen no tienen posibilidades de trabajo ni de progreso. Los capitales migran y los desocupados o subocupados buscan ubicarse en el lugar donde se concentra el capital. Esto irrita a los naturales del lugar que ven alteradas sus costumbres por la influencia de culturas diferentes, con hábitos y estilos de vida distintos. La reacción es humillar y atacar al supuesto invasor y crear un clima de hostilidad hacia los que son distintos. Sin embargo lo más peligroso es que inculcan a sus hijos la idea de que ellos pertenecen a una raza, un pueblo y una cultura superior, y por lo tanto deben odiar y someter al extranjero.

    La xenofobia estalla en cualquier lugar, por cualquier motivo y con cualquier persona. En este caso fue una adolescente ecuatoriana, pero podía haber sido argentina, peruana o africana, y no es un caso excepcional, se repite con mayor o menor violencia en la calle, los medios de transporte, los lugares de trabajo o las escuelas. Se sienten invadidos por el extranjero, pero se niegan a admitir que esa supuesta invasión es el resultado de otra invasión económica que ellos realizaron y realizan sobre el tercer mundo.

    El gobierno español se propuso para el año 2007 la contratación de 180.000 trabajadores extranjeros a los que le facilitaría la entrada legal al país, en un régimen regulado de ingresos para que no se desequilibre la balanza del mercado laboral interno. La mayoría son contratados para trabajar en la construcción, la hotelería, el sector de servicios y la industria metalúrgica. Van a hacer el trabajo que los obreros nacionales desechan y la apertura, lejos de ser un acto de generosidad con los países sumergidos, es una forma de solucionar un problema interno.
Sin embargo los desajustes económicos de concentración de riqueza que produce el sistema neo liberal está dejando desprotegida a una gran masa en los países periféricos, que es astronómicamente superior a lo que pueden absorber los mercados laborales cerrados del primer mundo. Desde el punto de vista ético es reprobable la ilegalidad, pero sería conveniente discutir si es lógico y justo que un país acumule riquezas a costa de la miseria y el hambre de otros menos desarrollados.

     Se puede condenar a quienes migran únicamente por razones de confort pero la mayoría lo hace porque sus países han sido devastados por una economía salvaje que destruyó el mercado laboral local y no pueden sobrevivir.

    A pesar de todos los esfuerzos por erradicar la discriminación y mostrar un rostro civilizado, se sigue discriminando. Los elocuentes discursos que desde la tribuna pregonan el respeto a las minorías es solo una declamación. Los países del primer mundo, poderosos económicamente, defienden salvajemente su riqueza y una de las formas es humillando y discriminando a quienes buscan un lugar donde poder sobrevivir.

    Salvador Dellutri

 

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