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Opinión 
Edición: 1143 - Fecha: 1 de Nov, del 2007
Desde el mirador del norte

Escribo esta nota desde Nueva York y tomar distancia de Argentina permite la comparación. Algunos amigos preguntan si me quedaría vivir en los Estados Unidos y se sienten defraudados cuando les contesto negativamente. Seguramente no estamos evaluando la situación desde el mismo punto de vista y eso los desorienta.

     Las comodidades y el confort que ofrece este país están fuera de las posibilidades de cualquier país latinoamericano. Es un país organizado, con leyes severas que se cumplen, con vocación de progreso y un acendrado nacionalismo que se respira por todas partes. Es también un país de grandes contrastes, racista, belicista y con una gran presencia fundamentalita. El pueblo norteamericano es bastante ingenuo cuando analiza su propia realidad, sus profesionales no suelen ser brillantes y a la hora de pensar lucen una sorprendente mediocridad. Lo cierto es que cuando se conoce al norteamericano medio uno se pregunta como llegaron a ser una potencia mundial. Pero es mucho más productivo invertir el interrogante y analizar por qué si los argentinos creemos ser tan capaces, despiertos y brillantes nunca pasamos de ser un país mediocre que anda a los tumbos. Eludamos esas respuestas fáciles con la que nos justificamos echando la culpa hacia fuera, hablando de dependencia y explotación, para preguntarnos cual es nuestra responsabilidad porque la solución no es exculparnos.

     No viviría nunca en este país. No me seduce su estilo de vida, ni su confort, ni su cultura. No podría aceptar calladamente pertenecer a un pueblo belicista y de ninguna manera toleraría su cristianismo fundamentalista. Pero tengo que reconocer que tienen un proyecto de país, saben hacia donde quieren ir y miran constantemente hacia delante y se asombran cuando intento hacerlos remover su pasado porque lo único que realmente los preocupa es el futuro.

     Se están preparando para el próximo año elegir presidente, pero no discuten los grandes rumbos porque ya los tienen sobradamente definidos, sino las variaciones estratégicas sobre la forma de encarar el futuro y alcanzar las metas. Nadie espera que el próximo presidente intente, como si fuera Adán, empezar de cero destruyendo todo lo que se hizo para marcar un nuevo derrotero. Tienen un proyecto y discuten las estrategias pero no los objetivos finales. Creo que esto es un factor importante que les ha permitido tener el desarrollo y la importancia que – nos guste o no – tienen como país.

     Son excesivamente pragmáticos, hasta la exasperación. Se mueven de acuerdo a las alternativas que presenta la realidad y eluden el planteo filosófico. Usaron a Sadam Husseyn, al panameño Noriega o a Bin Laden cuando los necesitaron pero no tuvieron ningún escrúpulo ni sienten ninguna culpa cuando los satanizan. Se los sacaron de encima en el momento que creyeron oportuno porque era funcional a sus objetivos. Esto puede resultar incomprensible para nuestra forma de ser y resulta éticamente reprobable, pero es consecuencia de esa obstinada persistencia en los objetivos. Para lograr concretar el futuro saben, y lo han asumido sin culpas, que internacionalmente no pueden tener amigos, sino solo aliados.

     Nosotros, por el contrario, tenemos el síndrome adánico.
Nuestra historia está saturada de cambios violentos de rumbo.

    Todavía seguimos discutiendo anacrónicamente si queremos ser un país de izquierda o derecha, si estatizamos o desestatizamos, si adherimos al libre mercado o al intervencionismo estatal. Aunque nos resulte difícil aceptarlo la realidad es que estas discusiones principistas pertenecen al pasado y son las que nos descolocan en el mundo moderno.

     Por el contrario Estados Unidos, que se vende como paladín del libre mercado y condena todo proteccionismo estatal fuera de sus fronteras, en la política interna se olvida de su prédica y hace lo que más le conviene para cumplir con sus objetivos. Mientras nosotros discutimos ellos gestionan.

     Ortega y Gasset luego de analizar nuestra nos dio un consejo que todavía tiene vigencia: “Argentinos, a las cosas” .

    Salvador Dellutri

 

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